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Yo no soy

Por Tomás Vela

Uncle_Sam_(pointing_finger)

 

Una de las distorsiones más nocivas que me encontré hasta ahora es aquella que sostiene que el afuera puede definirme, contarme cómo soy o, incluso, qué es lo que soy. Ese afuera podrá ser la televisión,  algunos libros, mis queridos padres, los amigos cercanos y los conocidos lejanos, el culto que profeso o combato, determinado partido político, la educación informal o las carreras universitarias. La lista es larga y puede resultarnos muy pesada, pero sólo hasta que sospechamos por primera vez que tal vez, sólo tal vez, YO NO SOY eso que dicen de mí.

YO NO SOY la ropa que tengo, la plata que gano, los amigos que elijo, las ideas que me gustan, ni la ciudad en que nací. TAMPOCO SOY el auto que manejo, ni el que me gustaría manejar; el acento con el que hablo, o el silencio al que me puedo llamar; la gente que me quiere mucho, ni la que dice que no me puede tragar; el partido político que proclama el país en el que quiero vivir, ni el que declara la antítesis como única expresión civil de libertad.

YO NO SOY lo que vos pensás que soy, ni lo que yo pienso que soy. Vos, como yo, nos vamos a relacionar entre nosotros según la opinión que tengamos del otro, y eso es algo tan cambiante y dinámico como arbitrario y difícil de predecir. Podré, eso sí, modificar la opinión que tengo de mí mismo y de los otros, pero sólo cuando yo active el mecanismo que corresponda por mis propios medios (o acepte del afuera alguna opinión que me convenza)

Si me gustan las milanesas con papas fritas y a vos te gustan los ñoquis con salsa de tomates, cuesta imaginar que por eso nos podamos pelear. Sin embargo, algo raro pasa en ciertas relaciones cuando discutimos, nos peleamos, insultamos, ofendemos y hasta matamos por tener gustos diferentes.

“No se trata de meras opiniones o de simples creencias, sino que son creencias con las que nos identificamos y que, en consecuencia, defendemos con uñas y dientes como si nos fuera la vida en ello. El impulso natural de autoconservación que adquirimos en la selva ha terminado interiorizándose e involucrando a nuestras opiniones” (Vea Creencias y opiniones)

La cita (del físico británico David Bohm) refleja hasta qué punto la distorsión entre lo que SÍ SOY y lo que me creo que soy, pero NO SOY, puede orientar una vida entera al combate y la argumentación eterna en pos de sostener lo que me gusta (ideas, objetos, logros, lo que sea) y rechazar del modo más elocuente posible lo que me disgusta. Pero, ¿para qué hago esto? Si sólo se trata de uno de los muchos puntos de vista posibles, ¿para qué lo defiendo o para qué ataco el que sostiene la otra persona?

Si YO NO SOY el menú de mi dieta ni las palabras que piense o use para hablar, podré elegir milanesas, ñoquis o repollitos de bruselas según el entrenamiento de mi paladar; y me gustarán los caminos, tendencias, y compañeros de ruta según el lugar (o estado) al que quiera llegar. Saber o recordar lo que YO NO SOY puede propiciar el avanzar y disfrutar todo lo que quiera probar.

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¿Competir nos hace mejores?

Por Norberto Levy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-¿ES BUENO COMPETIR?
-Competir es bueno en las situaciones en las que es necesario competir. Y es destructivo en las situaciones en donde no hay que competir. Espero que podamos distinguir estas dos áreas porque sobre eso hay mucha confusión. Veamos entonces para qué sirve: La competencia es útil como una forma de seleccionar al más apto para acceder a algo de lo cual no hay disponibilidad para todos. Es clásico ver entre los animales la competencia de dos machos por una hembra, por el territorio, o por un lugar en las jerarquías sociales que organizan esa comunidad. Entre nosotros los humanos pasa también lo mismo y alrededor de los mismos temas. Dos varones compitiendo por una mujer o viceversa, dos o más postulantes para ocupar un cargo laboral o la típica competencia deportiva: varios competidores para alcanzar la copa y sus premios. Otra función que cumple es que ayuda a conocerse más a través de la comparación que está implícita en la competencia, por eso es muy común entre chicos y adolescentes: Los otros me dan un marco de referencia que me ubica en qué lugar de la escala estoy.
Y la otra función que cumple es que es uno de los estímulos, aunque no el más importante, para el mejoramiento personal: ¡A ver quién lo hace mejor !…, hasta aquí se llegó, veré si puedo superarlo…!


¿QUÉ QUIERE DECIR COMPETIR BIEN?
-Uno compite bien cuando:
1) Uno reconoce que la situación requiere competir,
2) Cuando uno entrega lo máximo de sí para lograr el mayor rendimiento,
3) Cuando uno  sabe que puede ganar o perder y está preparado para los dos resultados.
Estar preparado para perder quiere decir que uno puede evaluar el propio rendimiento y entrega, más allá del resultado. Es decir, cuando apuesta al máximo rendimiento y no queda “colgado” exclusivamente del resultado final. El deporte es un buen ejemplo de esto. Cuando al perder puedo sentir: “yo entregué lo máximo de mí. Estoy satisfecho (o no) con lo que hice. El otro me ganó porque lo hizo mejor. Me duele haber perdido pero felicito a mi rival por su performance”. Por la confusión que tenemos, solemos creer que esa actitud es debilidad, falta de determinación, y el pasaporte seguro para seguir perdiendo, y en realidad es exactamente lo contrario. Afortunadamente hay un creciente número de deportistas que ya lo están comprendiendo. Uno de los tenistas más destacados, declaró: Ser un buen perdedor cuando a uno le toca perder es lo que más ayuda a progresar.
4) Cuando uno reconoce que competir también tiene sus reglas y que lo prioritario es lograr el propósito, es decir ganar, respetando las pautas convenidas.


-¿ESTO TIENE QUE VER CON EL “GANAR COMO SEA”?
-Efectivamente. Esa es una frase muy común que se la usa como sinónimo de intensa voluntad de triunfo y sin embargo lo que expresa es algo muy distinto: que el modo no importa, que lo único que vale es el fin, es decir, es otra forma más de “el fin justifica los medios”. Esta es una de las distorsiones más graves del competir.   Cuando uno busca perfeccionarse en las triquiñuelas, en el “como sea”, simultáneamente va descuidando la capacitación necesaria para triunfar “en buena ley”.  Esta actitud, que en la Argentina se llama “la avivada”, conduce no sólo a la corrupción, sino también en el mediano y el largo plazo, a  la ineficacia y la decadencia. 


-¿EXISTE EL MIEDO A GANAR?
-Se habla mucho de eso, pero en realidad, lo que la inmensa mayoría de las personas con dificultad para ganar padece es el miedo a NO ganar, es decir, miedo a perder. La confusión se produce porque se manifiesta como dificultad para ganar, pero la causa profunda es otra: muchas ganas de ganar y mucho miedo a perder. Creemos que las ganas de ganar son siempre beneficiosas, pero no es así. Cuando son excesivas y no están equilibradas, son contraproducentes: producen tensión, rigidez y torpeza. Aunque parezca paradójico lo que más ayuda a ganar en una competencia es estar preparado para perder. Eso es lo que da la calma mínima necesaria que le permite a uno desplegar lo mejor de sí. Y lo que se suele alentar es exactamente lo contrario!. Los deportistas declaran, y es socialmente muy valorado: ¡Voy a ganar sí o sí y ni contemplo la posibilidad de perder. Esa es la actitud más inadecuada para encarar una competencia y es la expresión de una equivocadísima creencia que existe acerca de qué es tener “espíritu ganador”.


-¿EN QUE SITUACIONES NO ES NECESARIO COMPETIR?
-Los seres humanos realizamos muchas interacciones: jugar, aprender, crear, cooperar, resolver problemas, construir, disfrutar, padecer, compartir, enseñar, curar, crecer, asociarnos, separarnos, amar, respetar, acompañar, contemplar, etc. ….. y competir es una acción más, entre ellas. Podríamos decir que “la casa de la vida” tiene más de cien habitaciones, y una de ellas, sólo una de ellas es la competencia. Y por una extraordinaria y grave confusión, lo que es una habitación de la casa lo hemos convertido en la casa misma. Esto es lo que llamamos la cultura competitiva.


-¿Y EN QUE CONSISTE LA CULTURA COMPETITIVA?
-La cultura competitiva es la que considera el ganar como el valor supremo. Una frase popular americana dice: “ganar no es todo…, es lo único”. Un empresario televisivo declaró: “no quiero volver a mi casa, cada día, sin haberle torcido el brazo a alguien”. Una persona me comentó: “Cuando llego a un lugar nuevo, lo primero que me pregunto es: ¿quién es acá el enemigo?”  Cuando esto ocurre quiere decir que ya se ha instalado no sólo como actitud si no también como modelo mental para comprender y actuar en cada situación. Entonces veo competencia y actúo competitivamente en todos lados, aún donde la competencia no es necesaria: en la pareja, en la familia, entre  amigos, en un equipo de trabajo, etc. Converso con un niño y le pregunto: “¿a quién querés más, a tu papá o a tu mamá?” Y así voy diseminando y expandiendo ese “virus” psicológico destructivo que es la competencia innecesaria. Y esto es una verdadera desgracia para todos. Cuando la competencia se instala en espacios que están regidos por la cooperación, la trama básica del intercambio fértil se desgarra, ya sea el individuo mismo, la familia o el tejido social. Y eso preanuncia, a la corta o a la larga, desintegración y catástrofe. Se dice, y con razón, que toda comunidad en la que predomine el yo (de la competencia) por sobre el nosotros (de la cooperación) es inviable.


-¿PORQUE ES TAN FUERTE LA CULTURA COMPETITIVA?
-En parte creo que es una etapa inmadura en la evolución de la conciencia de la especie humana.
Además está fortalecida por creencias equivocadas: una de ellas es la que dice que la esencia de la vida es la de ser una batalla permanente en la que sobrevive el más fuerte. Esa es la visión darwiniana de la vida. Desde ya que discrepo con esta creencia. Creo que la batalla existe pero es un componente parcial de la totalidad. Me inclino más hacia una visión sistémica de la vida en donde lo esencial es la complementariedad y la cooperación. David Bohm, premio Nobel de física, presentaba este punto de vista en un Simposium y le preguntaron: “¿Ud. cree, entonces, que la mente competitiva es señal de debilidad?”,  y él contestó: “No, la mente competitiva es sencillamente un error, es la señal de una confusión.” Los participantes rieron ante lo sorpresivo de la respuesta, pero cuando la conciencia percibe la unidad que subyace en todo lo existente y reconoce a cada una de las partes como componentes necesarios de esa unidad,  puede ver inmediatamente el error de la competencia. Lo ve con la misma claridad con que observaríamos el disparate de la mano derecha compitiendo con la izquierda.
¿Podemos imaginar la escena en la que, mientras nos lavamos las manos, la izquierda no coopera con la derecha y viceversa, en la tarea de tomar el jabón, frotarse, dejarlo para enjuagarse, secarse, etc.? Y que no lo hacen porque cada una quiere ser la ganadora en la acción de lavarse las manos…
Por más absurdo que parezca, eso es lo que hacemos en el marco social cuando nos movemos en la cultura competitiva.


-¿EN QUE OTRAS AREAS COMPETIMOS INNECESARIAMENTE?
-Hace poco volvieron unos jóvenes de las Olimpíadas de Matemáticas. Estamos tan habituados a la intoxicación de la cultura competitiva que ya nos parece normal, pero observemos este ejemplo con sencillez e ingenuidad. ¿Qué función cumple la competencia en las matemáticas? ¿No es acaso forzarla dentro del molde de la competencia porque no hay otro modelo mental que organice un encuentro atractivo entre matemáticos? ¿No sería interesante que los organizadores utilizaran su inteligencia para diseñar un problema común que para ser resuelto requiriera de la colaboración de todos y que el resultado fuera: o todos logran -y comparten la celebración- o no lo resuelven y comparten la frustración?
De ese modo utilizarían a las matemáticas para lo que realmente sirve: resolver problemas, y entrenarían a los participantes en el delicado arte de compartir, distribuir tareas, intercambiar, aprender, integrar, aplicar, comprobar, etc.
Pareciera que creemos que sólo existe la motivación para ganar y el placer de ganar y nos hemos desconectado de otra forma de disfrute que es mucho más profunda y sostenida: la experiencia del desafío común y el logro compartido.


-¿LA COMPETENCIA NO ES EL MOTOR DE LA EXCELENCIA?
-Es un motor, pero apenas un pequeño motor accesorio. De ninguna manera es el motor principal. Y sin embargo se lo suele ver al revés. Vamos a mostrarlo en el plano deportivo por una cuestión didáctica pero vale para todas las áreas: Mucha gente cree que cuanto más odie al rival mejor jugará. Esa actitud lleva a logros fugaces y a catástrofes reiteradas. De todos los ingredientes que estimulan la excelencia, la competencia ocupa un lugar menor. Quien se apoya en ella como columna vertebral acumula más tensión, tortura, y depresión que logro. El motor más poderoso de la excelencia es el amor a la excelencia y el disfrute que siento mientras hago lo que hago.
Cuando uno ha perdido la capacidad de disfrutar lo que hace, busca “remendarlo” apoyándose en “el placer de ganar”. Para sentirse bien entonces necesita ganarle a alguien y que haya un perdedor al lado. Ese camino lleva inevitablemente al stress, la soledad y  la depresión.


-¿ES BUENO COMPETIR CON UNO MISMO?
-Es frecuente escuchar: tengo que ganarle a mi parte miedosa y hacer eso que siempre quiero hacer y no puedo… Es importante que sepamos que si derroto a mi parte miedosa, ella se queda peor, con más miedo que antes y allí se inicia un círculo vicioso que la agrava cada vez más. A la parte miedosa no hay que vencerla, hay que curarla, que es muy distinto. Eso significa escucharla, respetarla y brindarle el trato interior que necesita para que pueda sentirse respaldada y fortalecida. Este cambio de actitud es tan importante que destino un capítulo de mi libro: La Sabiduría de las Emociones a mostrar ese cambio en todos sus detalles. La actitud de derrotar lo que no me gusta de mí es otra distorsión de la cultura competitiva que aplica el modelo de batalla a todo, aún en las áreas de la salud. Y cuando en el terreno de la salud -física o psíquica- se libra una guerra, irremediablemente todos pierden.


-¿Y LA COMPETENCIA POR EL PODER?
-En las relaciones primarias de afecto, es decir la pareja, la familia, los amigos, no rige la ley del poder en el sentido de alguien que manda y otro que obedece. La ley que rige es la de la interconsulta, la propuesta y el acuerdo consensuado. Esto parece que nos cuesta mucho entenderlo. Creemos que el orden y la organización surgen sólo cuando se define quién manda y quién obedece, y luego se produce la competencia para ver quien ocupa cada lugar. Pero no es así. Por eso es que es bueno distinguir áreas. En las estructuras jerárquicas verticales esos roles son necesarios, pero aún allí cuánto menos se apele a esa forma de tomar decisiones, mejor.  Y en el espacio de las relaciones afectivas entre adultos, el orden más satisfactorio, más sustentable y más creativo se produce cuando todas las voces son escuchadas y respetadas y las decisiones que se toman pueden ser suscriptas por todos los participantes. Esto es precisamente lo que caracteriza a un buen equipo: la cooperación y la solidaridad. Y esto no es, como suele creerse, una utopía ilusoria, apta sólo para seres con espíritu de santos. Es simplemente la actitud de una conciencia humana adulta que ha comprendido que esa es la naturaleza de la vida, y por lo tanto el mejor combustible para el funcionamiento eficaz y placentero de un grupo, que redunda, en última instancia, en beneficio de todos.

 

Fuente: Entrevista brindada a Fabian Cataldo para “Salud alternativa”

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Creencias y opiniones

Por David Bohm (extracto)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Cuando nos enfadamos, solemos tener una razón o motivo para hacerlo y decimos que estamos enojados por esto o por aquello. Pero, en realidad, el enfado se alimenta del rechazo y de la rabia hasta que llega un momento en el que ya no precisa de ningún motivo y se alimenta de sí mismo. Es como si la energía del rechazo estuviera, en cierto modo, encerrada, esperando la ocasión de descargarse. Y lo mismo podríamos decir con respecto al pánico, porque uno suele ser consciente del motivo de su miedo pero, en el momento en que cae presa del pánico, éste parece cobrar vida propia. Pero, en realidad, el tipo de energía implicado en este caso es el mismo del que hablábamos cuando nos referíamos a la creatividad y que calificábamos como energía sin motivo.

Hay una gran carga de violencia oculta en las opiniones que defendemos. No se trata de meras opiniones o de simples creencias, sino que son creencias con las que nos identificamos y que, en consecuencia, defendemos con uñas y dientes como si nos fuera la vida en ello. El impulso natural de autoconservación que adquirimos en la selva ha terminado interiorizándose e involucrando a nuestras opiniones. Es como si dijéramos que existen ciertas opiniones exteriores que son tan peligrosas como los tigres y que hay ciertas especies interiores que deben ser protegidas a toda costa. De este modo, es como si los instintos, que tenían un sentido material en la selva, hubieran terminado transfiriéndose a las opiniones de nuestra vida moderna. Y esto es algo de lo que el diálogo puede hacernos colectivamente conscientes.

“La actitud defensiva que nos lleva a aferrarnos a nuestras creencias y decir «yo tengo razón», limita nuestra inteligencia porque el ejercicio de la inteligencia consiste precisamente en no defender ningún tipo de creencia. No hay motivo para aferrarse a una creencia si tenemos alguna prueba de que está equivocada. La mejor actitud frente a una creencia o una opinión consiste en abrirnos a la evidencia de su posible falsedad.”

(Extracto del libro Sobre el diálogo, de David Bohm. Páginas 65-66)

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