Reencarnación

Por Dr. Norberto Levy

 

 

 

¿Tuvimos otras vidas?

Preguntarnos acerca de otras vidas implica preguntarnos: ¿para qué tener varias vidas? ¿Quién las tiene?, ¿hay algún estado a alcanzar? Y en ese caso ¿cuál es  y cómo se llega hasta allí?

Para intentar responder estas preguntas vamos a apelar a una metáfora. Imaginemos que cada hoja de un árbol tuviera conciencia, nombre y apellido, parientes y amigos, que recordara sus experiencias, etc. y que pudiera decir: “yo soy esta hoja que soy”. Cuando llega un nuevo otoño se pone amarilla, se va secando, se siente envejecer, y un día muere y cae. Podemos imaginar qué sentiría antes de morir: “Todo se acaba para mí. Soy hoja y eso está terminando. ¡Qué dolor!, ¡qué pena!, ¡qué miedo…!

 

¿Eso es lo que llamamos angustia ante la muerte?

Exactamente. Imaginemos ahora que después de muchos ciclos, una nueva hoja que nace, siente: “En realidad lo que yo soy es árbol. Soy árbol experimentándome como hoja. Viviré durante un tiempo esta experiencia de ser hoja…”.  Cuando la hoja ha desarrollado “conciencia de árbol”, sabe que al morir en el próximo otoño, no morirá completamente, que lo que termina es sólo una forma, un ciclo que finaliza. Algo similar a lo que sentimos los humanos cuando completamos cualquier ciclo de nuestra vida.

 

¿Y cómo se pasa, siguiendo con su metáfora, de “la conciencia de hoja” a la “conciencia de árbol”?

Ese es precisamente el punto central. Esa expansión de conciencia no es inmediata. Necesita recorrer un camino, realizar un aprendizaje.   Cuando la “conciencia de hoja” nace, está tan enfocada en esa condición que sólo se percibe como hoja: su color su forma, lo que puede y no puede hacer… Mira a su alrededor y sólo percibe diferencias. Hojas, todas distintas. Es conciente de sí misma y se siente sola y separada del resto.

En el plano humano ocurre algo semejante: necesitamos recorrer muchas experiencias para que la conciencia individual pase de “conciencia de hoja” a otro nivel más expandido: “conciencia de árbol” en la metáfora, o “conciencia de ser” en el nivel humano. La extensión de ese camino, en la mayoría de los casos, supera largamente la duración de una vida individual. Es en este contexto en el que podemos imaginar una sucesión de vidas individuales. Desde esta perspectiva, entonces, cada vida individual puede ser concebida como un domicilio temporario en el cual la conciencia hace su proceso de aprendizaje y crecimiento. Ese sería el para qué de tener varias vidas.

 

¿Y qué es lo que tenemos que aprender?

A mi juicio, lo que básicamente tenemos que aprender es que somos “hojas” integrantes y concientes del “gran árbol universal”, que la trama que nos constituye es el Amor y poder expresar ese Amor en la Tierra.

Cuando sólo nos percibimos como individuos separados -como hojas sueltas- y nos relacionamos con otros, surge, desde el miedo, la necesidad de acumular, poseer, dominar, y ese es el caldo de cultivo de todas las batallas. Esto es lo que se expresa en el mito de Caín y Abel, el primer crimen en el Antiguo Testamento. Caín mata a Abel porque se siente excluido ante Jehová.  La conciencia que cometió ese crimen alberga también, en un nivel más profundo, un intenso dolor y una necesidad de reparación. Las peripecias que recorre para realizar ese aprendizaje es parte de la trama argumental de las experiencias que atravesará, hasta resolverlo. ¿Y qué quiere decir resolverlo? Estar en condiciones de enfrentar la misma escena y poder producir otra respuesta, que resuelva la situación de exclusión, de un modo que sea consensuada por ambos y en la que no haya daño para los protagonistas.

Y hay muchos “Caínes y Abeles” en este momento recorriendo ese itinerario.

Naturalmente que cuando hablamos de estos procesos estamos hablando no sólo de la individualidad particular, acotada en el nombre y apellido, sino también de otro nivel de  identidad, más profundo, que solemos llamar el alma.

 

¿Qué es el alma y en que se diferencia del cuerpo y del espíritu?

Siguiendo con la metáfora, el espíritu es la “conciencia de árbol” que está presente en todas las partes del árbol y en ninguna parte en especial. El alma es la “conciencia de árbol” en la hoja, es decir es el punto focal de la “conciencia de árbol”. Por lo tanto es la conexión que la hoja tiene con el árbol. Por último, el cuerpo está representado por los componentes físicos concretos de la hoja.

Cuando describimos estas diferentes dimensiones podemos reconocer en “la hoja” varios niveles de identidad, todos coexistentes. Tanto la hoja particular que nació en alguna primavera y morirá en algún otoño, como esa matriz básica, esa otra identidad, presente también en la misma hoja y que es similar a la que existía en la hoja del año anterior y continuará en la que la sucede.

Algo equivalente nos ocurre a los seres humanos: luego de siete años hemos renovado todas las células de nuestro cuerpo, pero mantenemos las matrices básicas alrededor de las cuales se forman las nuevas células. De modo que en el plano estrictamente físico somos completamente distintos, pero en las pautas de organización seguimos siendo los mismos, en otro cuerpo. En ese sentido podríamos hablar también de “reencarnación”. Si la percepción de mí mismo quedara enfocada exclusivamente en las células particulares que me constituyen no podría reconocerme como una misma identidad a través de los años.

Lo presento así para que podamos ver los diferentes niveles en los que se manifiesta el proceso de “reencarnación”.

 

¿Ud. cree que tuvo otras vidas?

Tal vez estén en mí, como en todos, todas las vidas que tuvo la vida hasta hoy, aunque en cada uno tengan un diferente grado de énfasis, de presencia; Creo que las matrices, ciertas modalidades y conflictos básicos que ahora estoy viviendo en el envase Norberto Levy tuvieron formas previas de manifestarse. Llegaron hasta acá y continuarán hasta su resolución y renovación, ya sea en este envase o en el que le suceda.

También creo que las formas particulares a través de las cuales fueron vividos dichos temas básicos han ido gestando una cierta identidad de conciencia, que en otro nivel más profundo, también soy. Cuando me conecto con ese plano,  tengo la sensación de que con mi muerte física no terminará la experiencia de esa conciencia, aunque la individualidad Norberto Levy, sí siento que terminará.

De modo que la respuesta a tu pregunta depende del nivel de mi identidad sobre el cual me enfoque.

 

¿Cuáles son esos temas básicos?

Los seres humanos experimentamos relaciones básicas y universales: La relación madre-hijo, padre-hijo, hermanos, amigos, la relación con la pasión amorosa, la pareja, el trabajo, la creación, la declinación y la muerte, etc. Es algo así como el programa de materias que cursamos.  Necesitamos aprender a realizarlas de un modo amoroso para que cumplan su función esencial, que es la de ser un camino de crecimiento y disfrute. Frecuentemente no ocurre así y surgen conflictos. El mito de Caín y Abel del cual antes hablamos metaforiza el conflicto entre hermanos. Esa matriz conflictiva sigue su curso hasta que se resuelve. Algo similar a lo que ocurre entre los lobos: en los comienzos de la evolución cuando luchaban por la hembra o el territorio, la batalla terminaba con la muerte de uno de ellos. Luego de reiterar esa modalidad innumerables veces realizaron un aprendizaje y lograron resolver ese problema de otra manera: el que está siendo derrotado ofrece el cuello a su rival, y entonces el vencedor da por terminada la pelea, se aleja hacia el sitio más alto del terreno y se para allí mientras el otro se va. Este es un modelo típico de mejoramiento en la solución de un conflicto. Han resuelto ese tema con el mínimo daño de los protagonistas.

Los seres humanos recorremos un camino semejante.

Así como la herida marcha hacia la cicatrización, la conciencia marcha hacia la solución, cada vez más amorosa y resolutiva, de los conflictos destructivos que experimenta.

 

¿Es de alguna utilidad recordar vidas anteriores para resolver un conflicto?

Las vidas anteriores sin duda despiertan una fascinación mística. En parte porque vislumbrar la posibilidad de haber tenido vidas anteriores implica que es razonable pensar que habrá nuevas vidas después de ésta. En última instancia remite a ese nivel de la identidad que trasciende nuestra individualidad actual. Pero en relación a si es necesario para resolver un conflicto actual te diría que no es necesario. Stan Groff dice: “Por supuesto que todo lo que le pasa a una persona depende de lo que le ocurrió en los últimos cinco mil millones de años…”  Es una manera de expresar la inabarcable vastedad del pasado en cada uno. Y sin embargo, todo ese pasado está presente en el ahora, se explora en el ahora y se resuelve en el ahora.

 

¿Podría dar un ejemplo?

Tengo un conflicto con la exigencia: me siento exigido y eso me abruma y paraliza. En esta situación, los dos roles: el exigente y el exigido, son partes mías y están presentes ahora. Mi parte exigente demanda imperiosamente resultados, y mi parte exigida no es escuchada ni asistida. Trata de adecuarse a las órdenes que recibe pero como no está psicológicamente instrumentada, no produce los resultados que se le exigen. Entonces acumula impotencia y resentimiento. De ese modo se genera un círculo vicioso que produce cada vez más impotencia y exigencia. Si hago una experiencia de regresión puedo recordar que mis padres me trataban así, y si continúo más allá puedo evocar memorias en la edad media en las que me siento un campesino forzado a pagar más impuestos de los que puedo. Puedo seguir y verme como un esclavo egipcio obligado a latigazos a construir las pirámides… y así sucesivamente. Y también puedo evocarme en el rol opuesto: el de exigente, y recordarme como el implacable recaudador de impuestos o el Faraón que obligaba a sus esclavos sin miramientos. Y así puedo seguir, cada época ofrecerá una escenografía específica…y muy probablemente cierta. ¿Pero esos recuerdos curarán la exigencia? No. Sólo aportarán los antecedentes históricos del problema. La exigencia se cura cuando el exigidor actual vive y comprende el error de la creencia en la que se apoya, percibe el efecto contraproducente que genera sobre el exigido y comienza a escucharlo y asistirlo. Y como te dije antes eso ocurre en el ahora, se explora en el ahora y se resuelve en el ahora. Este problema es tan frecuente que en mi libro La Sabiduría de las Emociones destino un capítulo a mostrar en detalle cómo es ese aprendizaje. Pero este aprendizaje trasciende el tema de la exigencia y está presente por igual en todas las emociones y vínculos conflictivos.

 

¿Eso quiere decir que uno puede trascender su propia historia?

Efectivamente. Cuando uno se familiariza con las pautas de los vínculos conflictivos: exigidor-exigido, dominador-dominado, reprochador-reprochado, vencedor-vencido, controlador-controlado, etc. trasciende las formas particulares a través de las cuales dichos vínculos se expresan. Sé que puedo recorrer toda la historia -tanto la personal como la transpersonal- y encontrar en cada época una forma que le es propia a cada personaje de ese conflicto, pero ya no me centro en la forma sino en la esencia de ese vínculo. Y esa esencia está absolutamente presente en el ahora.

 

¿Puede ser que en otras vidas hayamos sido un animal o una planta?

Para muchos místicos sí y lo que afirman es que cuando una conciencia se expande crece hasta el punto en el que trasciende la comprensión que abarcaba hasta ese momento y puede penetrar en una sabiduría mayor.

 

¿Podemos ser un sabio en una vida, y un dictador en la siguiente?

Si la pregunta es si regresamos a formas inferiores de conciencia, la respuesta es que para el propósito del alma de crecimiento hacia la conciencia de Unidad, esa regresión no cumpliría ninguna función.

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¿Si pudiéramos hacerlo, elegiríamos nacer a esta vida?

Cuenta la tradición hebrea que hace mucho tiempo, los más altos rabinos fueron demandados por la comunidad a responder una pregunta similar: ¿Nacer, es una bendición? Luego de intensas jornadas de debate, como los rabinos no lograban ponerse de acuerdo, hicieron una votación, y el resultado fue: empate. La comunidad reclamaba una respuesta y entonces apelaron a un recurso extremo: Podían convocar a Dios, sólo una vez cada diez años, y decidieron utilizar esa oportunidad. Ya delante de El, un grupo le describió la belleza, la alegría, el éxtasis del amor que encontraban en la vida, y el otro grupo le describió la violencia, el maltrato, la codicia y la injusticia humana que veían. Dios dijo: He escuchado todas las voces… y no puedo inclinar la balanza… Los insto a que de aquí en más vivan de una manera tal que permita que la próxima vez que tengan que dar respuesta a esa pregunta, puedan afirmar que nacer es una bendición. 

 

¿Existe algún momento en que no sea necesario reencarnar mas?

Cuando se haya experimentado y reconocido, en forma total y completa, la propia Divinidad. Volviendo ahora a la metáfora del comienzo: cuando la hoja se reconoce plenamente como hoja y simultáneamente siente y sabe que ella es Árbol.

 

 

(Fuente: Entrevista brindada a F. Cataldo para  “Salud Alternativa”)

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