¿Te ayudo o acompaño?

Por Tomás Vela

keyboard and two persons on white background

Me encuentro frente a alguien que está atravesando un momento difícil, más complejo de lo que suele vivir como cotidiano, y ese alguien es una persona importante para mí. Quiero contribuir de alguna manera a que él (o ella) supere su situación conflictiva e, incluso, recupere su bienestar original: ¿lo ayudo o acompaño?

Lo primero será (aunque se trate de un caso hipotético) distinguir que al ayudar pongo al servicio del otro una serie de recursos que pueden modificar la situación en cuestión. Para transformar en acción mi deseo de ayudar el otro deberá primero aceptarla (o pedirla) y luego comprometerse con aquello que la ayuda implica según, por supuesto, la lectura que el beneficiado haga de la misma. Si como coach ofrezco ayudar o asistir (que a los fines prácticos, aquí sería lo mismo) a alguien, lo que espero de esa persona es que escuche mi propuesta, si le sirve la tome o modifiquemos juntos, y realice las acciones acordadas.

Al acompañar, en cambio, si bien puedo seguir poniendo mis recursos al servicio del otro, mi papel será más “de Guardia”, por llamarlo de alguna manera: el otro aceptará mis aportes o no, se comprometerá o no, e incluso registrará mi presencia o no según el estado en que se encuentre y las elecciones que tome respecto a mi ofrecimiento.

En la ayuda o asistencia existe cierta pendiente entre quien ofrece y a quien le es ofrecida, pues le estoy dando algo que no tiene a alguien a cambio de su aceptación al ofrecimiento y compromiso de hacer uso del mismo (cuando en la ayuda aparece la retribución económica casi seguro lo llamaré “trabajo”) Por otra parte, en el acompañamiento la pendiente se hace horizontal y la relación se hará pareja (de iguales o semejantes; pares), y será el acompañado el que determine cuál será su grado de aceptación de nuestra compañía.

Tanto en la ayuda como en el acompañamiento se establecen ciertos acuerdos, por lo que, independientemente de que te esté ayudando o acompañando, en algo me estoy comprometiendo contigo cuando lo hago (ese algo variará según la calidad del vínculo y las sucesivas actualizaciones del mismo) Yo me comprometo con él (o ella); pero él, repito, sólo se comprometerá si acepta la ayuda o asistencia (y no necesariamente con el acompañamiento)

Entonces, ¿te ayudo o te acompaño? Tal vez lo más apropiado sea preguntarle a quien queremos ayudar o acompañar de qué modo quiere que estemos con él (podría ser de ambos), respetando su decisión y sin tomarnos personalmente si opta por alguna que nosotros no hubiéramos querido que elija. Que el otro nos sepa dispuestos y que nosotros actuemos en consecuencia de lo que nos comprometimos a hacer, me resulta, a priori, el máximo premio a aspirar. Será una señal contundente de que ese que nos importa se siente querido, valorado y respetado en sintonía a como yo lo quiero, valoro y respeto.

 

 

Imagen: http://microsofthelpnow.com/wp-content/uploads/2012/11/pc_problems_need_help.jpg

 

.

 

La Vergüenza

 

 

Por Dr. Norberto Levy (extracto La Sabiduría de las Emociones)

 

Cómo se cura la vergüenza

 

Hemos observado que la vergüenza tiene muchos matices y facetas. En este capítulo nos centraremos en la resolución de la vergüenza que inhibe la acción de mostrarse y expresarse, pues es la más frecuente, la que más trastornos produce y la que más necesita ser comprendida y resuelta:

«Me da vergüenza que me saquen fotos; Me da vergüenza bailar… o cantar… o hablar en público…», etc.

 

• Es importante revisar cómo es el avergonzador interno de cada uno. El avergonzador interno es esa voz que, o bien imagina que los otros van a burlarse de nuestro deseo de mostrarnos y de los fallos en nuestra performance, o bien esa misma voz lo hace, diciéndonos, por ejemplo: «¡Cómo puede ser que hayas cometido semejante fallo (desafinado, tropezado, tartamudeado, vacilado… etc.). ¡Eres ridículo! ¡No mereces que te tengan en consideración ni te quieran…! ¡Mejor desaparece!»

 

Ese aspecto necesita aprender que si bien su función es informarnos de que nos hemos equivocado, el sentido último de esa información es ayudarnos a capacitarnos, no destruirnos.

 

El aspecto avergonzador actúa como si la vida fuera una serie ininterrumpida de escenas de examen, y ante cada situación que a uno le toca protagonizar, él funciona como un severo profesor que no enseña, que sólo toma examen y aprueba o reprueba. Reprobar significa aquí burlar, descalificar y excluir.

Lo que el avergonzador necesita incluir es el componente de aprendizaje que existe en la vida, en el que cada uno ejercita su condición de aprendiz que continuamente ensaya, explora, acierta y se equivoca. Y comprender que ese movimiento nunca cesa.

 

 

(Fuente: http://www.facebook.com/notes/autoasistencia-psicol%C3%B3gica/la-verguenza/165377353600846, extractado de La Sabiduria de las Emociones del Dr. Norberto Levy;
Fuente Imagen: http://pinterest.com/pin/153403931027701564/)

.

 

La trama íntima de la AUTOESTIMA

Por Dr. Norberto Levy*

 

 

La autoestima es el resultado de una relación interior entre el estimador y el estimado. Aquí presentamos a los protagonistas de esa relación, cuáles son sus distorsiones y cómo es el camino que las resuelve.

 

La autoestima es un concepto que cada vez se está utilizando más para describir el estado desde donde uno siente, piensa y actúa y ha merecido numerosas reflexiones que la describen.

Para decirlo simplemente la autoestima es el resultado de lo que uno opina sobre uno mismo. Si opino que no valgo, que no sirvo, que no puedo, tendré una baja autoestima, si en cambio opino que valgo, que sirvo y que merezco respeto, tendré una buena autoestima.

 

 

EL QUE OPINA

 

Ese es un punto clave del tema. El que opina es el evaluador interior que todos tenemos. Y ese evaluador es el que siente estima o no hacia el evaluado. Ampliaremos esto: Todos los seres humanos recorremos una misma secuencia: realizamos algo y luego evaluamos lo realizado. Esto lo reconocemos con más claridad cuando hablamos del balance de fin año, en el que evaluamos nuestra performance, pero dicha evaluación ocurre momento a momento de un modo más o menos consciente. Podemos decir que en cada uno de nosotros existe un realizador y un evaluador que están continuamente interactuando. Deseo lograr 100 y alcanzo 60. ¿Cómo se relaciona mi deseo de lograr 100 con el que alcanzó 60? Si mi deseo es inmaduro su evaluación será de reproche y descalificación: ¡Sos un inútil, no servís para nada!

El que alcanzó 60 queda descalificado, desvalorizado y des-estimado.

 

La baja autoestima entonces es el resultado de un evaluador que cuando es frustrado por su realizador reacciona desvalorizándolo.

 

 

LA RESOLUCIÓN DE LA BAJA AUTOESTIMA

 

El aprendizaje del evaluador interior es el punto clave de la resolución de la baja autoestima, por lo tanto nos extenderemos en su análisis.

El primer paso es familiarizarse con la relación realizador-evaluador. En general sabemos que conversamos con nosotros mismos, y existen muchas frases que apuntan en esa dirección: ¡Me exijo mucho, me doy con un caño, me felicito por haber tomado esa decisión, etc.

Sabemos que dialogamos con nosotros pero no tenemos claro aún quienes son los que dialogan entre sí. Y un propósito de este artículo es mostrar con más precisión a los protagonistas interiores de dicho diálogo. Si bien tales protagonistas pueden variar, en la inmensa mayoría de los casos son: un evaluador y un realizador.

No estamos habituados a poner el foco de nuestra atención sobre dichos roles ni sobre la relación que existe entre ellos. Sin embargo cuando lo hacemos iluminamos un campo de diálogos interiores que es una verdadera fábrica de conflictos cuando funciona mal, y de soluciones, cuando funciona bien. De ahí la enorme importancia de percibir con claridad esta relación interior.

Una manera de acercarnos a esta relación es utilizando una metáfora. La más útil es la del jinete y el caballo.

 

 

EL JINETE ES QUIEN DESEA, PROGRAMA Y EVALÚA LA ACCIÓN Y EL CABALLO ES QUIEN LA REALIZA. NOSOTROS ALBERGAMOS LAS DOS FUNCIONES, ES DECIR, SOMOS EL JINETE Y EL CABALLO

 

Cuando el jinete es inmaduro cree que él es “el amo”, que lo que cuentan son sus deseos y que la función del caballo es estar siempre disponible para cumplirlos. Si los cumple, ¡…es lo que corresponde! y si no los cumple es porque ¡…este caballo no sirve!

Desde ya que esta actitud daña progresivamente al caballo hasta que en algún momento colapsa.

Cuando el jinete se da cuenta del estado lamentable en el que se encuentra el caballo y que ese es el único que tiene, comienza a revisar su actitud. Cuando el jinete realiza los aprendizajes necesarios que le permiten tener otra mirada del rol de cada uno y accede a un estado de madurez, es entonces cuando reconoce que él no es el amo sino un socio, que el caballo es el otro socio y que cada uno tiene el 50% de las acciones en la sociedad que ambos constituyen.

También comprende que el caballo tiene vida propia y que él puede querer hacer un largo galope y que el caballo puede no estar en condiciones de hacerlo. Reconoce entonces que esa creencia que tenía de que querer es poder, es errónea y que querer es sólo querer, y que es una condición necesaria pero no suficiente para hacer algo.

También revisa esa creencia que afirmaba que “los “caballos” son vagos por naturaleza y hay que presionarlos continuamente para que rindan”. En este nivel de madurez comprende que cuando “el caballo” recibe lo que necesita, tiende –como todo ser vivo- hacia su óptimo.

Entonces va cambiando la actitud de dar órdenes a cumplir por la actitud de la interconsulta, igualitaria y respetuosa.

Este cambio de actitud es una verdadera revolución que cambia radicalmente la relación entre ellos y define además cuál es la esencia del vínculo maduro entre jinete y caballo.

 

 

ESTE CAMBIO EN EL DIÁLOGO INTERIOR HUMANO

 

Un colega me llamó por teléfono para invitarme a dar un taller y el panorama que presentaba resultaba muy agradable. Yo le respondí: Lo consulto con mi socio y luego te llamo. Sorprendido, él me dijo: ¡Cómo tu socio, si yo te estoy invitando a vos sólo! Y yo le aclaré: ¡Mi socio es quien lo tiene que hacer!

Como dijimos antes, ésta es la esencia del cambio: reconocer que yo soy una sociedad, que soy un nosotros, y que en esa sociedad que soy, el realizador es mi socio a quien le corresponde ser consultado y escuchado para co-diseñar con él la decisión a tomar.

Resulta sencillo leer las palabras pero es un cambio radical en la auto percepción.

Deseaba acercarme a una muchacha que me atraía, dudé un poco y luego fui hacia ella. Antes de llegar veo a otro hombre que se ha acercado y que comienzan a bailar. Si soy un evaluador inmaduro que sólo ve los resultados, la reacción es: ¡Fracasaste! ¡tardás mucho en actuar, sos muy torpe!

Si soy un evaluador maduro, además de los resultados, tengo en cuenta, en primer plano, el estado del “obrero” realizador. Me doy cuenta que estaba nervioso y que necesitó ese tiempo para acercarse. Me doy cuenta que él también está frustrado y mi prioridad es ayudar a mi socio a que supere esa situación. Desde ese sentimiento le digo: Sé que hiciste lo mejor que pudiste, en este caso no resultó, pero, bueno… veremos si se presenta otra oportunidad con esta mujer, y mientras veamos qué otra mujer te atrae… y sigamos adelante, tratando de pasarla bien…

 

 

LA ACCIÓN Y EL ACTOR

 

Es importante y esclarecedor distinguir “el actor” de “la acción”.

El evaluador inmaduro evalúa resultados, es decir la acción.

El evaluador maduro reconoce que el actor es su socio esencial y ha aprendido que su función es utilizar las acciones, tanto sean aciertos o errores, para colaborar con el aprendizaje y el bienestar de su socio, el actor.

Esta solidaridad incondicional entre el evaluador y el realizador es la esencia misma de una legítima autoestima.

 

Y es también el punto de partida para poder sentir la tan anhelada sensación de confianza ante lo incierto de cada nueva experiencia.

 

Un niño juega a la pelota en la cubierta de un barco. Los marineros corren apurados porque hay amenaza de naufragio y uno de ellos le dice: ¡Cómo estás jugando a la pelota, no ves que nos podemos hundir! Y el niño le responde: ¡Y a mí qué me importa, si yo estoy con mi papá…!

La seguridad de este niño, al saberse acompañado por su papá, es la misma que uno siente cuando sabe que cuenta con un evaluador interior solidariamente asistencial.

 

 

Preguntas más frecuentes

 

¿Hay diferentes tipos de autoestima?

Puedo tener una baja autoestima en el área deportiva, artística, estética, social, etc. o puedo sentirla como algo que me abarca globalmente como persona. Eso dependerá de la intensidad de la desvalorización y del área particular sobre la que recaiga.

 

¿Cómo influye la autoestima en la vida personal?

Es muy determinante pues si el evaluador que soy ha desvalorizado al realizador que también soy, cuando como persona me relacione con otra, tendré una sensación básica de minusvalía. Y de hecho no podré tener con otra persona una relación de mejor calidad que la que existe entre los miembros de la sociedad realizador-evaluador que soy.

 

¿Cómo influyen nuestros padres en la autoestima?

Nuestros padres son nuestros primeros evaluadores. Si ellos han tenido actitudes de desvalorización hacia nosotros cuando frustramos sus expectativas, esa matriz es la que luego internalizamos y ya tenemos una voz interior desvalorizadora que sigue actuando aunque esos padres ya no estén. Y esa voz interior es también la puerta de entrada que nos hace más vulnerables a los gestos de desvalorización de los otros en nuestra vida adulta, es decir la descalificación del otro nos daña más cuando hay una voz interna que nos está diciendo lo mismo.

 

¿Hasta dónde una autoestima alta no se convierte en soberbia?

Una persona es soberbia cuando tiene una percepción parcial de sí mismo: cuando sólo registra lo que puede y tiene y no registra lo que no puede o no tiene. Si una alta autoestima está apoyada en esa percepción parcial de sí mismo entonces sí queda entrelazada con la soberbia.

 

¿Cómo desarrollar la autoestima en los niños?

El rol de evaluador es muy poderoso, para bien y para mal.

Soy profesor de pintura y un alumno me trae su trabajo para que lo vea. Yo puedo evaluar lo que hizo, con sus aciertos y errores, de un modo tal que al niño no le queden más ganas de tomar un pincel por el resto de su vida o puedo hacerlo, señalándole los mismos aciertos y errores, de un modo tal que lo estimule a seguir ensayando y experimentando en esa actividad. De modo que es muy importante que cuando evaluemos, especialmente si es a un niño, recordemos que estamos en esa posición.

 

¿Cómo desarrollar la autoestima en nuestros hijos?

Valorando sus logros y señalándoles los errores con respeto, favoreciendo el aprendizaje a partir de ellos, sin enjuiciar, reprochar ni descalificar. Los niños aprenden más de los ejemplos que de las palabras, de modo que, para enseñarla a los hijos, lo más eficaz y poderoso es vivirla en uno mismo y compartirla con los miembros del entorno.

 

 

(*) El Dr. Norberto Levy es médico psicoterapeuta. Creador del modelo: “Autoasistencia psicológica®”. Sus libros más recientes son: El Asistente interior, La Sabiduría de las emociones y La Sabiduría de las emociones 2. www.autoasistencia.com.ar
Fuente: El artículo fue publicado en la revista “Uno mismo” de agosto de 2012.
Fuente (imágenes): http://www.behance.net/gallery/Loving-me-is-loving-you-Amarme-es-amarte/1166819 y http://4.bp.blogspot.com/-IFb_f1RGiQY/Tb_Vh1aAjKI/AAAAAAAAFr0/Wy2NpJ7GV8A/s1600/i_love_me.jpg

.

 

 

Conciencia de ola – Conciencia de agua

Por Dr. Norberto Levy

 

Imaginemos que una ola tuviera autoconciencia y dijera: “Yo soy esta ola que soy”.

Tiene nombre y apellido, fecha de nacimiento, parientes y amigos. Se observa crecer, se compara con sus vecinas y según con quien lo haga dirá: ¡”Qué ola fantástica que soy…!”. O: ¡”Qué pequeña!  ¡Nadie me va a tener en cuenta…!”.

En el momento en el que a esta ola le llega su declinación, siente la angustia ante su muerte: “Yo soy ola, y si dejo de ser ola, dejo de ser… por lo tanto, quiero ser ola la mayor cantidad de tiempo posible… me reconozco en mi condición de ola y todo lo que amenace esa condición  es una amenaza fundamental para mi ser”.

Para una conciencia humana el recorrido de una ola transcurre en menos de un minuto, pero para esta hipotética conciencia es toda una vida, por lo tanto equivaldría a lo que vivimos en 70 u 80 años.

 

“Conciencia de agua”

Imaginemos ahora que esta conciencia de ola, después de haber experimentado la angustia de su muerte y la celebración de su nacimiento miles de millones de veces, experimentara una expansión de su conciencia que le permitiera un buen día decir: “¡Caramba! En realidad lo que yo soy es agua..! Lo que  constituye mi ser esencial es ser agua, y mi condición de ola es una forma temporaria que mi ser agua tiene de manifestarse… Por lo tanto cuando yo termine como ola, lo que termina no es mi ser esencial, sino una forma…

Cuando  esa conciencia registra su condición de agua se ha conectado con un rasgo de su ser que está más allá de su nacimiento y muerte como ola. “Ha tomado contacto con el Espíritu en ella”.

Desde ese estado podría vivir cada momento de su vida como ola sin angustia pues sabría que su ser esencial no está comprometido, y cuando ella  experimentara la cercanía de su propia muerte, podría acompañarla con más serenidad sabiendo que lo que cesa es sólo una forma temporaria.

 

La dimensión humana

Esta expansión de la conciencia es lo que las Tradiciones Espirituales describen como Satori, Iluminación o Liberación Suprema.

Cuando el ser humano alcanza este estado ha trascendido la identificación con su forma particular y se ha conectado con aquello de sí mismo que está más allá de su nombre y apellido, más allá del nacimiento y la muerte.

Ram Dass relata que cuando Ramana Maharishi estaba por morir, sus discípulos estaban desesperados y él les decía: “¡No hagan tanto alboroto! ¡Es como si vendiera mi auto! Sólo me estoy muriendo….

A pesar de lo obvio, vale la pena destacar el “sólo me estoy muriendo…”.

Maharishi había afincado su identidad en ese espacio que está más allá del nacimiento y la muerte. En términos de la metáfora, había alcanzado “conciencia de agua”.

Este nivel, en la dimensión humana, se presenta como la conciencia  que siente y sabe que lo que ella es, es Amor, y que observa desde su “condición de agua” las vicisitudes de “la ola” que, en otro plano también es, pero sabiendo que su identidad no se agota en ella.

 

(Fuente: Fragmento del capítulo Las emociones y la dimensión transpersonal, del libro La Sabiduría de las emociones 2. de Norberto Levy)

.

Emociones

Por Norberto Levy

Las emociones consideradas conflictivas por nuestra sociedad son en realidad valiosas señales que remiten a problemas latentes. Por eso, escucharlas y dejarse orientar por ellas implica convertirlas en un instrumento productivo. Así, el miedo señala una desproporción entre una amenaza y los recursos con que se cuenta para resolverla, el enojo es el resultado de un deseo frustrado por algún obstáculo, y el sentimiento de culpa indica que hemos transgredido alguna norma de nuestro código moral. Sólo si aprendemos a interpretar adecuadamente la información que nos aportan estas emociones “negativas”, podremos llegar a aprovecharlas para localizar los problemas subyacentes y empezar a actuar para solucionarlos.

 

INTRODUCCIÓN A LA AUTOASISTENCIA PSICOLÓGICA I

INTRODUCCIÓN A LA AUTOASISTENCIA PSICOLÓGICA II

 

 

Más información:
-Qué es la Autoasistencia Psicológica (https://zasct.wordpress.com/2011/11/11/que-es-la-autoasistencia-psicologica/)
-Autoasistencia Psicológica, Página Oficial (http://www.autoasistencia.com.ar/

.

¿Competir nos hace mejores?

Por Norberto Levy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-¿ES BUENO COMPETIR?
-Competir es bueno en las situaciones en las que es necesario competir. Y es destructivo en las situaciones en donde no hay que competir. Espero que podamos distinguir estas dos áreas porque sobre eso hay mucha confusión. Veamos entonces para qué sirve: La competencia es útil como una forma de seleccionar al más apto para acceder a algo de lo cual no hay disponibilidad para todos. Es clásico ver entre los animales la competencia de dos machos por una hembra, por el territorio, o por un lugar en las jerarquías sociales que organizan esa comunidad. Entre nosotros los humanos pasa también lo mismo y alrededor de los mismos temas. Dos varones compitiendo por una mujer o viceversa, dos o más postulantes para ocupar un cargo laboral o la típica competencia deportiva: varios competidores para alcanzar la copa y sus premios. Otra función que cumple es que ayuda a conocerse más a través de la comparación que está implícita en la competencia, por eso es muy común entre chicos y adolescentes: Los otros me dan un marco de referencia que me ubica en qué lugar de la escala estoy.
Y la otra función que cumple es que es uno de los estímulos, aunque no el más importante, para el mejoramiento personal: ¡A ver quién lo hace mejor !…, hasta aquí se llegó, veré si puedo superarlo…!


¿QUÉ QUIERE DECIR COMPETIR BIEN?
-Uno compite bien cuando:
1) Uno reconoce que la situación requiere competir,
2) Cuando uno entrega lo máximo de sí para lograr el mayor rendimiento,
3) Cuando uno  sabe que puede ganar o perder y está preparado para los dos resultados.
Estar preparado para perder quiere decir que uno puede evaluar el propio rendimiento y entrega, más allá del resultado. Es decir, cuando apuesta al máximo rendimiento y no queda “colgado” exclusivamente del resultado final. El deporte es un buen ejemplo de esto. Cuando al perder puedo sentir: “yo entregué lo máximo de mí. Estoy satisfecho (o no) con lo que hice. El otro me ganó porque lo hizo mejor. Me duele haber perdido pero felicito a mi rival por su performance”. Por la confusión que tenemos, solemos creer que esa actitud es debilidad, falta de determinación, y el pasaporte seguro para seguir perdiendo, y en realidad es exactamente lo contrario. Afortunadamente hay un creciente número de deportistas que ya lo están comprendiendo. Uno de los tenistas más destacados, declaró: Ser un buen perdedor cuando a uno le toca perder es lo que más ayuda a progresar.
4) Cuando uno reconoce que competir también tiene sus reglas y que lo prioritario es lograr el propósito, es decir ganar, respetando las pautas convenidas.


-¿ESTO TIENE QUE VER CON EL “GANAR COMO SEA”?
-Efectivamente. Esa es una frase muy común que se la usa como sinónimo de intensa voluntad de triunfo y sin embargo lo que expresa es algo muy distinto: que el modo no importa, que lo único que vale es el fin, es decir, es otra forma más de “el fin justifica los medios”. Esta es una de las distorsiones más graves del competir.   Cuando uno busca perfeccionarse en las triquiñuelas, en el “como sea”, simultáneamente va descuidando la capacitación necesaria para triunfar “en buena ley”.  Esta actitud, que en la Argentina se llama “la avivada”, conduce no sólo a la corrupción, sino también en el mediano y el largo plazo, a  la ineficacia y la decadencia. 


-¿EXISTE EL MIEDO A GANAR?
-Se habla mucho de eso, pero en realidad, lo que la inmensa mayoría de las personas con dificultad para ganar padece es el miedo a NO ganar, es decir, miedo a perder. La confusión se produce porque se manifiesta como dificultad para ganar, pero la causa profunda es otra: muchas ganas de ganar y mucho miedo a perder. Creemos que las ganas de ganar son siempre beneficiosas, pero no es así. Cuando son excesivas y no están equilibradas, son contraproducentes: producen tensión, rigidez y torpeza. Aunque parezca paradójico lo que más ayuda a ganar en una competencia es estar preparado para perder. Eso es lo que da la calma mínima necesaria que le permite a uno desplegar lo mejor de sí. Y lo que se suele alentar es exactamente lo contrario!. Los deportistas declaran, y es socialmente muy valorado: ¡Voy a ganar sí o sí y ni contemplo la posibilidad de perder. Esa es la actitud más inadecuada para encarar una competencia y es la expresión de una equivocadísima creencia que existe acerca de qué es tener “espíritu ganador”.


-¿EN QUE SITUACIONES NO ES NECESARIO COMPETIR?
-Los seres humanos realizamos muchas interacciones: jugar, aprender, crear, cooperar, resolver problemas, construir, disfrutar, padecer, compartir, enseñar, curar, crecer, asociarnos, separarnos, amar, respetar, acompañar, contemplar, etc. ….. y competir es una acción más, entre ellas. Podríamos decir que “la casa de la vida” tiene más de cien habitaciones, y una de ellas, sólo una de ellas es la competencia. Y por una extraordinaria y grave confusión, lo que es una habitación de la casa lo hemos convertido en la casa misma. Esto es lo que llamamos la cultura competitiva.


-¿Y EN QUE CONSISTE LA CULTURA COMPETITIVA?
-La cultura competitiva es la que considera el ganar como el valor supremo. Una frase popular americana dice: “ganar no es todo…, es lo único”. Un empresario televisivo declaró: “no quiero volver a mi casa, cada día, sin haberle torcido el brazo a alguien”. Una persona me comentó: “Cuando llego a un lugar nuevo, lo primero que me pregunto es: ¿quién es acá el enemigo?”  Cuando esto ocurre quiere decir que ya se ha instalado no sólo como actitud si no también como modelo mental para comprender y actuar en cada situación. Entonces veo competencia y actúo competitivamente en todos lados, aún donde la competencia no es necesaria: en la pareja, en la familia, entre  amigos, en un equipo de trabajo, etc. Converso con un niño y le pregunto: “¿a quién querés más, a tu papá o a tu mamá?” Y así voy diseminando y expandiendo ese “virus” psicológico destructivo que es la competencia innecesaria. Y esto es una verdadera desgracia para todos. Cuando la competencia se instala en espacios que están regidos por la cooperación, la trama básica del intercambio fértil se desgarra, ya sea el individuo mismo, la familia o el tejido social. Y eso preanuncia, a la corta o a la larga, desintegración y catástrofe. Se dice, y con razón, que toda comunidad en la que predomine el yo (de la competencia) por sobre el nosotros (de la cooperación) es inviable.


-¿PORQUE ES TAN FUERTE LA CULTURA COMPETITIVA?
-En parte creo que es una etapa inmadura en la evolución de la conciencia de la especie humana.
Además está fortalecida por creencias equivocadas: una de ellas es la que dice que la esencia de la vida es la de ser una batalla permanente en la que sobrevive el más fuerte. Esa es la visión darwiniana de la vida. Desde ya que discrepo con esta creencia. Creo que la batalla existe pero es un componente parcial de la totalidad. Me inclino más hacia una visión sistémica de la vida en donde lo esencial es la complementariedad y la cooperación. David Bohm, premio Nobel de física, presentaba este punto de vista en un Simposium y le preguntaron: “¿Ud. cree, entonces, que la mente competitiva es señal de debilidad?”,  y él contestó: “No, la mente competitiva es sencillamente un error, es la señal de una confusión.” Los participantes rieron ante lo sorpresivo de la respuesta, pero cuando la conciencia percibe la unidad que subyace en todo lo existente y reconoce a cada una de las partes como componentes necesarios de esa unidad,  puede ver inmediatamente el error de la competencia. Lo ve con la misma claridad con que observaríamos el disparate de la mano derecha compitiendo con la izquierda.
¿Podemos imaginar la escena en la que, mientras nos lavamos las manos, la izquierda no coopera con la derecha y viceversa, en la tarea de tomar el jabón, frotarse, dejarlo para enjuagarse, secarse, etc.? Y que no lo hacen porque cada una quiere ser la ganadora en la acción de lavarse las manos…
Por más absurdo que parezca, eso es lo que hacemos en el marco social cuando nos movemos en la cultura competitiva.


-¿EN QUE OTRAS AREAS COMPETIMOS INNECESARIAMENTE?
-Hace poco volvieron unos jóvenes de las Olimpíadas de Matemáticas. Estamos tan habituados a la intoxicación de la cultura competitiva que ya nos parece normal, pero observemos este ejemplo con sencillez e ingenuidad. ¿Qué función cumple la competencia en las matemáticas? ¿No es acaso forzarla dentro del molde de la competencia porque no hay otro modelo mental que organice un encuentro atractivo entre matemáticos? ¿No sería interesante que los organizadores utilizaran su inteligencia para diseñar un problema común que para ser resuelto requiriera de la colaboración de todos y que el resultado fuera: o todos logran -y comparten la celebración- o no lo resuelven y comparten la frustración?
De ese modo utilizarían a las matemáticas para lo que realmente sirve: resolver problemas, y entrenarían a los participantes en el delicado arte de compartir, distribuir tareas, intercambiar, aprender, integrar, aplicar, comprobar, etc.
Pareciera que creemos que sólo existe la motivación para ganar y el placer de ganar y nos hemos desconectado de otra forma de disfrute que es mucho más profunda y sostenida: la experiencia del desafío común y el logro compartido.


-¿LA COMPETENCIA NO ES EL MOTOR DE LA EXCELENCIA?
-Es un motor, pero apenas un pequeño motor accesorio. De ninguna manera es el motor principal. Y sin embargo se lo suele ver al revés. Vamos a mostrarlo en el plano deportivo por una cuestión didáctica pero vale para todas las áreas: Mucha gente cree que cuanto más odie al rival mejor jugará. Esa actitud lleva a logros fugaces y a catástrofes reiteradas. De todos los ingredientes que estimulan la excelencia, la competencia ocupa un lugar menor. Quien se apoya en ella como columna vertebral acumula más tensión, tortura, y depresión que logro. El motor más poderoso de la excelencia es el amor a la excelencia y el disfrute que siento mientras hago lo que hago.
Cuando uno ha perdido la capacidad de disfrutar lo que hace, busca “remendarlo” apoyándose en “el placer de ganar”. Para sentirse bien entonces necesita ganarle a alguien y que haya un perdedor al lado. Ese camino lleva inevitablemente al stress, la soledad y  la depresión.


-¿ES BUENO COMPETIR CON UNO MISMO?
-Es frecuente escuchar: tengo que ganarle a mi parte miedosa y hacer eso que siempre quiero hacer y no puedo… Es importante que sepamos que si derroto a mi parte miedosa, ella se queda peor, con más miedo que antes y allí se inicia un círculo vicioso que la agrava cada vez más. A la parte miedosa no hay que vencerla, hay que curarla, que es muy distinto. Eso significa escucharla, respetarla y brindarle el trato interior que necesita para que pueda sentirse respaldada y fortalecida. Este cambio de actitud es tan importante que destino un capítulo de mi libro: La Sabiduría de las Emociones a mostrar ese cambio en todos sus detalles. La actitud de derrotar lo que no me gusta de mí es otra distorsión de la cultura competitiva que aplica el modelo de batalla a todo, aún en las áreas de la salud. Y cuando en el terreno de la salud -física o psíquica- se libra una guerra, irremediablemente todos pierden.


-¿Y LA COMPETENCIA POR EL PODER?
-En las relaciones primarias de afecto, es decir la pareja, la familia, los amigos, no rige la ley del poder en el sentido de alguien que manda y otro que obedece. La ley que rige es la de la interconsulta, la propuesta y el acuerdo consensuado. Esto parece que nos cuesta mucho entenderlo. Creemos que el orden y la organización surgen sólo cuando se define quién manda y quién obedece, y luego se produce la competencia para ver quien ocupa cada lugar. Pero no es así. Por eso es que es bueno distinguir áreas. En las estructuras jerárquicas verticales esos roles son necesarios, pero aún allí cuánto menos se apele a esa forma de tomar decisiones, mejor.  Y en el espacio de las relaciones afectivas entre adultos, el orden más satisfactorio, más sustentable y más creativo se produce cuando todas las voces son escuchadas y respetadas y las decisiones que se toman pueden ser suscriptas por todos los participantes. Esto es precisamente lo que caracteriza a un buen equipo: la cooperación y la solidaridad. Y esto no es, como suele creerse, una utopía ilusoria, apta sólo para seres con espíritu de santos. Es simplemente la actitud de una conciencia humana adulta que ha comprendido que esa es la naturaleza de la vida, y por lo tanto el mejor combustible para el funcionamiento eficaz y placentero de un grupo, que redunda, en última instancia, en beneficio de todos.

 

Fuente: Entrevista brindada a Fabian Cataldo para “Salud alternativa”

.

 

La dignidad del miedo

Por Norberto Levy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así como en el plano físico cada órgano (hígado, cerebro, riñones, corazón) cumple una función específica y necesaria, en el universo emocional cada emoción cumple también una función de igual importancia.

Existen emociones que nos informan acerca de lo que tenemos (alegría, gratitud, confianza, solidaridad, etc.) y otras que nos informan  acerca de algo que nos falta  (tristeza, miedo, envidia, culpa, etc.) A estas últimas se las suele llamar “negativas”, y no lo son. Son en realidad valiosísimas señales que nos remiten a problemas que estamos experimentando en ese momento.  Por ejemplo,  el miedo es la sensación de angustia que nos informa que hay una desproporción entre  la amenaza que enfrentamos y los recursos que tenemos para encararla. Si el peligro tiene “valor diez” y los recursos son también “valor diez” no se producirá miedo.  Si en cambio, los recursos son “valor cinco”, el miedo surgirá y será la señal que nos avisa de esa desproporción. En ese sentido podemos comparar al miedo con la luz roja del tablero del automóvil que se enciende e indica que hay poca nafta. El problema no es la luz sino lo que pone en evidencia: que falta combustible. La luz roja es una valiosísima señal que nos remite a resolver ese problema. Lo que necesitamos es aprender a tratar al miedo con la misma eficacia con que tratamos la luz del tablero, y eso es posible.

 

CREENCIAS ERRÓNEAS

Uno de los factores que perturba esa posibilidad son las creencias equivocadas que tenemos acerca del miedo. En general pensamos que es una “emoción negativa”, que es señal de debilidad y cobardía, que es mejor no escucharlo porque sino no haríamos nada, que los hombres no tienen miedo… que el problema es el miedo y que si por el camino que fuera lográramos no sentirlo, no tendríamos las angustias estériles que el miedo nos trae.

Cuando nos apoyamos en esas ideas tapamos y maltratamos al aspecto miedoso y ahí es cuando el miedo comienza a convertirse en un problema que paraliza y hace sufrir.

 

QUÉ HACEMOS CON EL MIEDO

Es bueno recordar que no sólo sentimos miedo sino que a continuación reaccionamos ante ese miedo que sentimos, y podemos sentir vergüenza, rabia, desprecio, impotencia o miedo por tener miedo. Es decir, se produce una reacción emocional en cadena, y lo interesante es que según sea esta segunda reacción será el destino del miedo original.

Si nos da miedo sentir miedo tratamos de suprimirlo porque nos parece que nos va a sobrepasar y desorganizar. Si nos da rabia nos enojamos con la parte miedosa y solemos retarla y castigarla. Si nos avergüenza, la escondemos. Y así,  cada una de estas segundas reacciones produce una actitud específica hacia el miedo original.

A la parte miedosa se le agrava entonces su condición y tiene dos amenazas: la externa (el examen, la enfermedad, el rechazo, o lo que sea el motivo del miedo) y la interna, que es la propia reacción interior.

 

LA REACCIÓN DEL MIEDO

Matías me consultó por miedo a la soledad. Le pregunté: “Si imaginaras que esa parte miedosa estuviera enfrente ¿qué le dirías? …y mirando hacia ese espacio le dijo: “¡estoy harto de ese miedo absurdo que tenés que no me deja vivir… me dan ganas de abofetearte para que despiertes…!”

Lo invité entonces a que tomara el lugar de la parte miedosa y viera cómo se sentía al escuchar eso.

Desde ahí respondió: “Ahora me siento peor y más solo que antes…”

Esta es una de las típicas reacciones interiores que agravan el miedo original. En ella se suman el enojo ignorante que cree que abofeteando a la parte miedosa la va a transformar, y la creencia, ignorante y frecuente también, de que hay miedos absurdos.

Ambas forman parte de  la evaluación que hacemos acerca de lo que sentimos, y esta evaluación es continua, seamos o no, concientes de ello. Algunas de esas reacciones nos ayudan efectivamente a cambiar y otras, como las que describimos recién, nos dejan más asustados que antes. Y esto es así no porque el evaluador sea malo sino porque es ignorante y no sabe cómo ayudar. Nosotros somos los dos, tanto el que tuvo miedo como el que lo evalúa. Somos ese equipo, y según cómo se relacionen entre sí será nuestro destino psicológico: insatisfacción crónica o crecimiento.

Y dado que es una función tan importante ¿Qué puede hacer el evaluador, por ejemplo ante el miedo, para aprovechar esa emoción en lugar de sólo padecerla?

Primero: Legitimarla y escucharla. Legitimar no es consentir. No es: “Está todo bien, y… a otra cosa”. Eso anestesia pero no ayuda. Legitimar quiere decir que se reconoce que hay un problema, pero que quien lo padece no merece reproche por eso, sino ayuda. Hay personas que dicen: “Yo no escucho a mi parte miedosa porque si la oyera nunca haría nada”. Esa actitud funciona durante un tiempo muy corto pero la parte miedosa no escuchada y maltratada sigue creciendo y en algún momento, activada por una situación tal vez menor, irrumpe de golpe con todo el miedo acumulado y se produce lo que conocemos como crisis de pánico.

Podríamos compararlo con una angina. Si la reconocemos y asistimos, llega hasta ahí y remite. Si no escuchamos ni atendemos esa señal, crecerá y se hará neumonía.

La crisis de pánico es el equivalente psicológico de esta neumonía.

Segundo: Una vez que la hemos escuchado, preguntarle: ¿Cómo necesitás que te trate y te hable para que puedas sentirte acompañada y ayudada por mí?

Es importante saber que si se le da el tiempo suficiente, esa parte miedosa lo va descubriendo, y la experiencia clínica muestra que ese trato que necesita, en la mayoría de los casos no coincide con el que recibe diariamente.

Tercero: Intentar tratarla como lo acaba de pedir. Eso se logra cuando el evaluador interior se conecta con un componente esencial de su rol, y es que su tarea consiste en evaluar para enriquecer, no para destruir a lo evaluado.

Que una parte de uno mismo le hable a otra y después esa otra le conteste, tal como ocurre entre dos personas, parece algo extraño, pero de hecho esa conversación interior existe, aunque no la percibamos con claridad.

Este ejercicio intenta amplificar esas voces y transformar su antagonismo en  cooperación.

Cuando hay cooperación interior entre el evaluador y el evaluado se va pudiendo encontrar, ante cada situación que despierta miedo, cuáles son los recursos psicológicos que faltan para poder enfrentarlo y cómo desarrollar dichos recursos. Y cuando tales recursos no se pueden desarrollar, la retirada, al ser consensuada, deja de ser conflictiva pues forma parte del derecho que me asiste de elegir las condiciones más propicias para mi desempeño. Como dice el I-Ching: Saber emprender correctamente la retirada no es signo de debilidad sino de fortaleza…

En la medida en que uno se ejercita en el despliegue de estos diálogos interiores, el miedo va recuperando su dignidad original perdida y vuelve a ser la valiosísima señal de alarma que es.

 

 

El Miedo | Autoasistencia Psicológica

 

Fuentes:
Texto y video; http://www.autoasistencia.com.ar
Imagen; http://reiki-kdr.blogspot.com/2011/10/10-aspectos-sobre-el-miedo-al-fracaso.html

.

Reencarnación

Por Dr. Norberto Levy

 

 

 

¿Tuvimos otras vidas?

Preguntarnos acerca de otras vidas implica preguntarnos: ¿para qué tener varias vidas? ¿Quién las tiene?, ¿hay algún estado a alcanzar? Y en ese caso ¿cuál es  y cómo se llega hasta allí?

Para intentar responder estas preguntas vamos a apelar a una metáfora. Imaginemos que cada hoja de un árbol tuviera conciencia, nombre y apellido, parientes y amigos, que recordara sus experiencias, etc. y que pudiera decir: “yo soy esta hoja que soy”. Cuando llega un nuevo otoño se pone amarilla, se va secando, se siente envejecer, y un día muere y cae. Podemos imaginar qué sentiría antes de morir: “Todo se acaba para mí. Soy hoja y eso está terminando. ¡Qué dolor!, ¡qué pena!, ¡qué miedo…!

 

¿Eso es lo que llamamos angustia ante la muerte?

Exactamente. Imaginemos ahora que después de muchos ciclos, una nueva hoja que nace, siente: “En realidad lo que yo soy es árbol. Soy árbol experimentándome como hoja. Viviré durante un tiempo esta experiencia de ser hoja…”.  Cuando la hoja ha desarrollado “conciencia de árbol”, sabe que al morir en el próximo otoño, no morirá completamente, que lo que termina es sólo una forma, un ciclo que finaliza. Algo similar a lo que sentimos los humanos cuando completamos cualquier ciclo de nuestra vida.

 

¿Y cómo se pasa, siguiendo con su metáfora, de “la conciencia de hoja” a la “conciencia de árbol”?

Ese es precisamente el punto central. Esa expansión de conciencia no es inmediata. Necesita recorrer un camino, realizar un aprendizaje.   Cuando la “conciencia de hoja” nace, está tan enfocada en esa condición que sólo se percibe como hoja: su color su forma, lo que puede y no puede hacer… Mira a su alrededor y sólo percibe diferencias. Hojas, todas distintas. Es conciente de sí misma y se siente sola y separada del resto.

En el plano humano ocurre algo semejante: necesitamos recorrer muchas experiencias para que la conciencia individual pase de “conciencia de hoja” a otro nivel más expandido: “conciencia de árbol” en la metáfora, o “conciencia de ser” en el nivel humano. La extensión de ese camino, en la mayoría de los casos, supera largamente la duración de una vida individual. Es en este contexto en el que podemos imaginar una sucesión de vidas individuales. Desde esta perspectiva, entonces, cada vida individual puede ser concebida como un domicilio temporario en el cual la conciencia hace su proceso de aprendizaje y crecimiento. Ese sería el para qué de tener varias vidas.

 

¿Y qué es lo que tenemos que aprender?

A mi juicio, lo que básicamente tenemos que aprender es que somos “hojas” integrantes y concientes del “gran árbol universal”, que la trama que nos constituye es el Amor y poder expresar ese Amor en la Tierra.

Cuando sólo nos percibimos como individuos separados -como hojas sueltas- y nos relacionamos con otros, surge, desde el miedo, la necesidad de acumular, poseer, dominar, y ese es el caldo de cultivo de todas las batallas. Esto es lo que se expresa en el mito de Caín y Abel, el primer crimen en el Antiguo Testamento. Caín mata a Abel porque se siente excluido ante Jehová.  La conciencia que cometió ese crimen alberga también, en un nivel más profundo, un intenso dolor y una necesidad de reparación. Las peripecias que recorre para realizar ese aprendizaje es parte de la trama argumental de las experiencias que atravesará, hasta resolverlo. ¿Y qué quiere decir resolverlo? Estar en condiciones de enfrentar la misma escena y poder producir otra respuesta, que resuelva la situación de exclusión, de un modo que sea consensuada por ambos y en la que no haya daño para los protagonistas.

Y hay muchos “Caínes y Abeles” en este momento recorriendo ese itinerario.

Naturalmente que cuando hablamos de estos procesos estamos hablando no sólo de la individualidad particular, acotada en el nombre y apellido, sino también de otro nivel de  identidad, más profundo, que solemos llamar el alma.

 

¿Qué es el alma y en que se diferencia del cuerpo y del espíritu?

Siguiendo con la metáfora, el espíritu es la “conciencia de árbol” que está presente en todas las partes del árbol y en ninguna parte en especial. El alma es la “conciencia de árbol” en la hoja, es decir es el punto focal de la “conciencia de árbol”. Por lo tanto es la conexión que la hoja tiene con el árbol. Por último, el cuerpo está representado por los componentes físicos concretos de la hoja.

Cuando describimos estas diferentes dimensiones podemos reconocer en “la hoja” varios niveles de identidad, todos coexistentes. Tanto la hoja particular que nació en alguna primavera y morirá en algún otoño, como esa matriz básica, esa otra identidad, presente también en la misma hoja y que es similar a la que existía en la hoja del año anterior y continuará en la que la sucede.

Algo equivalente nos ocurre a los seres humanos: luego de siete años hemos renovado todas las células de nuestro cuerpo, pero mantenemos las matrices básicas alrededor de las cuales se forman las nuevas células. De modo que en el plano estrictamente físico somos completamente distintos, pero en las pautas de organización seguimos siendo los mismos, en otro cuerpo. En ese sentido podríamos hablar también de “reencarnación”. Si la percepción de mí mismo quedara enfocada exclusivamente en las células particulares que me constituyen no podría reconocerme como una misma identidad a través de los años.

Lo presento así para que podamos ver los diferentes niveles en los que se manifiesta el proceso de “reencarnación”.

 

¿Ud. cree que tuvo otras vidas?

Tal vez estén en mí, como en todos, todas las vidas que tuvo la vida hasta hoy, aunque en cada uno tengan un diferente grado de énfasis, de presencia; Creo que las matrices, ciertas modalidades y conflictos básicos que ahora estoy viviendo en el envase Norberto Levy tuvieron formas previas de manifestarse. Llegaron hasta acá y continuarán hasta su resolución y renovación, ya sea en este envase o en el que le suceda.

También creo que las formas particulares a través de las cuales fueron vividos dichos temas básicos han ido gestando una cierta identidad de conciencia, que en otro nivel más profundo, también soy. Cuando me conecto con ese plano,  tengo la sensación de que con mi muerte física no terminará la experiencia de esa conciencia, aunque la individualidad Norberto Levy, sí siento que terminará.

De modo que la respuesta a tu pregunta depende del nivel de mi identidad sobre el cual me enfoque.

 

¿Cuáles son esos temas básicos?

Los seres humanos experimentamos relaciones básicas y universales: La relación madre-hijo, padre-hijo, hermanos, amigos, la relación con la pasión amorosa, la pareja, el trabajo, la creación, la declinación y la muerte, etc. Es algo así como el programa de materias que cursamos.  Necesitamos aprender a realizarlas de un modo amoroso para que cumplan su función esencial, que es la de ser un camino de crecimiento y disfrute. Frecuentemente no ocurre así y surgen conflictos. El mito de Caín y Abel del cual antes hablamos metaforiza el conflicto entre hermanos. Esa matriz conflictiva sigue su curso hasta que se resuelve. Algo similar a lo que ocurre entre los lobos: en los comienzos de la evolución cuando luchaban por la hembra o el territorio, la batalla terminaba con la muerte de uno de ellos. Luego de reiterar esa modalidad innumerables veces realizaron un aprendizaje y lograron resolver ese problema de otra manera: el que está siendo derrotado ofrece el cuello a su rival, y entonces el vencedor da por terminada la pelea, se aleja hacia el sitio más alto del terreno y se para allí mientras el otro se va. Este es un modelo típico de mejoramiento en la solución de un conflicto. Han resuelto ese tema con el mínimo daño de los protagonistas.

Los seres humanos recorremos un camino semejante.

Así como la herida marcha hacia la cicatrización, la conciencia marcha hacia la solución, cada vez más amorosa y resolutiva, de los conflictos destructivos que experimenta.

 

¿Es de alguna utilidad recordar vidas anteriores para resolver un conflicto?

Las vidas anteriores sin duda despiertan una fascinación mística. En parte porque vislumbrar la posibilidad de haber tenido vidas anteriores implica que es razonable pensar que habrá nuevas vidas después de ésta. En última instancia remite a ese nivel de la identidad que trasciende nuestra individualidad actual. Pero en relación a si es necesario para resolver un conflicto actual te diría que no es necesario. Stan Groff dice: “Por supuesto que todo lo que le pasa a una persona depende de lo que le ocurrió en los últimos cinco mil millones de años…”  Es una manera de expresar la inabarcable vastedad del pasado en cada uno. Y sin embargo, todo ese pasado está presente en el ahora, se explora en el ahora y se resuelve en el ahora.

 

¿Podría dar un ejemplo?

Tengo un conflicto con la exigencia: me siento exigido y eso me abruma y paraliza. En esta situación, los dos roles: el exigente y el exigido, son partes mías y están presentes ahora. Mi parte exigente demanda imperiosamente resultados, y mi parte exigida no es escuchada ni asistida. Trata de adecuarse a las órdenes que recibe pero como no está psicológicamente instrumentada, no produce los resultados que se le exigen. Entonces acumula impotencia y resentimiento. De ese modo se genera un círculo vicioso que produce cada vez más impotencia y exigencia. Si hago una experiencia de regresión puedo recordar que mis padres me trataban así, y si continúo más allá puedo evocar memorias en la edad media en las que me siento un campesino forzado a pagar más impuestos de los que puedo. Puedo seguir y verme como un esclavo egipcio obligado a latigazos a construir las pirámides… y así sucesivamente. Y también puedo evocarme en el rol opuesto: el de exigente, y recordarme como el implacable recaudador de impuestos o el Faraón que obligaba a sus esclavos sin miramientos. Y así puedo seguir, cada época ofrecerá una escenografía específica…y muy probablemente cierta. ¿Pero esos recuerdos curarán la exigencia? No. Sólo aportarán los antecedentes históricos del problema. La exigencia se cura cuando el exigidor actual vive y comprende el error de la creencia en la que se apoya, percibe el efecto contraproducente que genera sobre el exigido y comienza a escucharlo y asistirlo. Y como te dije antes eso ocurre en el ahora, se explora en el ahora y se resuelve en el ahora. Este problema es tan frecuente que en mi libro La Sabiduría de las Emociones destino un capítulo a mostrar en detalle cómo es ese aprendizaje. Pero este aprendizaje trasciende el tema de la exigencia y está presente por igual en todas las emociones y vínculos conflictivos.

 

¿Eso quiere decir que uno puede trascender su propia historia?

Efectivamente. Cuando uno se familiariza con las pautas de los vínculos conflictivos: exigidor-exigido, dominador-dominado, reprochador-reprochado, vencedor-vencido, controlador-controlado, etc. trasciende las formas particulares a través de las cuales dichos vínculos se expresan. Sé que puedo recorrer toda la historia -tanto la personal como la transpersonal- y encontrar en cada época una forma que le es propia a cada personaje de ese conflicto, pero ya no me centro en la forma sino en la esencia de ese vínculo. Y esa esencia está absolutamente presente en el ahora.

 

¿Puede ser que en otras vidas hayamos sido un animal o una planta?

Para muchos místicos sí y lo que afirman es que cuando una conciencia se expande crece hasta el punto en el que trasciende la comprensión que abarcaba hasta ese momento y puede penetrar en una sabiduría mayor.

 

¿Podemos ser un sabio en una vida, y un dictador en la siguiente?

Si la pregunta es si regresamos a formas inferiores de conciencia, la respuesta es que para el propósito del alma de crecimiento hacia la conciencia de Unidad, esa regresión no cumpliría ninguna función.

.

¿Si pudiéramos hacerlo, elegiríamos nacer a esta vida?

Cuenta la tradición hebrea que hace mucho tiempo, los más altos rabinos fueron demandados por la comunidad a responder una pregunta similar: ¿Nacer, es una bendición? Luego de intensas jornadas de debate, como los rabinos no lograban ponerse de acuerdo, hicieron una votación, y el resultado fue: empate. La comunidad reclamaba una respuesta y entonces apelaron a un recurso extremo: Podían convocar a Dios, sólo una vez cada diez años, y decidieron utilizar esa oportunidad. Ya delante de El, un grupo le describió la belleza, la alegría, el éxtasis del amor que encontraban en la vida, y el otro grupo le describió la violencia, el maltrato, la codicia y la injusticia humana que veían. Dios dijo: He escuchado todas las voces… y no puedo inclinar la balanza… Los insto a que de aquí en más vivan de una manera tal que permita que la próxima vez que tengan que dar respuesta a esa pregunta, puedan afirmar que nacer es una bendición. 

 

¿Existe algún momento en que no sea necesario reencarnar mas?

Cuando se haya experimentado y reconocido, en forma total y completa, la propia Divinidad. Volviendo ahora a la metáfora del comienzo: cuando la hoja se reconoce plenamente como hoja y simultáneamente siente y sabe que ella es Árbol.

 

 

(Fuente: Entrevista brindada a F. Cataldo para  “Salud Alternativa”)

 .

Soledad

Por Dr. Norberto Levy


 

Doctor. ¿Por qué se hace tan difícil vivir en soledad?

Existe una soledad padecida y una soledad disfrutada. A partir de esta distinción se abren dos preguntas fundamentales: ¿cuáles son las condiciones internas que generan una u otra soledad? Y ¿qué necesitamos aprender para poder pasar de la soledad padecida a la disfrutada?    Para responder estas preguntas es necesario primero reconocer que, en tanto ser humano soy un individuo en relación con otros, y soy también en mí mismo, un conjunto. Un conjunto de tendencias, impulsos, deseos, a veces armonizables, muchas veces contradictorias. El hecho de poder registrar que soy un conjunto y que albergo múltiples tendencias ya es un paso importante. Y más importante aún es el paso siguiente: ¿cómo se llevan entre sí las partes de ese conjunto que soy, especialmente cuando son contradictorias? En la práctica clínica se puede ver que en mucha gente sus diferentes tendencias interiores están en combate permanente entre sí. Se detestan, no se soportan.

 

¿Podría dar un ejemplo?

Pongamos uno bien sencillo: Una parte mía quiere ir a una reunión y otra quiere quedarse. ¿Cómo resuelvo esa dualidad? Solemos creer que para tomar una decisión, necesariamente una debe vencer a la otra. Entonces la que quiere salir se impone, obliga a salir a la que quiere quedarse y voy a la reunión. Si quien quería quedarse quedó derrotado, obligado a salir “sin chistar”, en nombre de un eventual buen propósito, por más que parezca satisfactorio por que decidí algo, esta modalidad hace daño. Y lo hace porque la parte mía derrotada se siente no escuchada y queda abatida y resentida. Desde ese enojo se desquita saboteando a quien salió. Que a su vez contragolpea…, y así siguen en una batalla sin fin. Todo esto lo percibimos como tironeo interior, angustia y auto reproches: “Por tu culpa no puedo hacer las cosas que necesito…, te odio, sos mi mayor enemigo, quiero que desaparezcas”, etc.

Si bien en el mundo externo, en situaciones en las que intervienen jerarquías, como por ejemplo en la relación jefe empleado, es adecuado algunas veces apelar a la orden para tomar una decisión, en el mundo emocional interior no rige en absoluto la ley de la imposición. La ley que rige es la del acuerdo entre pares. Cuando uno se apoya en la imposición de una parte sobre otra como un camino habitual para tomar decisiones los resultados son catastróficos.  Para hacerlo más claro aún es como si en el plano físico el hígado quisiera imponerse al estómago para que haga lo que él quiere y el estómago se rebelara y entonces ambos vivieran en guerra entre sí, para ver quien gana.

 

¿Cómo se relaciona esto con el tema de la soledad? 

Precisamente una de las consecuencias de esta modalidad es que la soledad se torna muy difícil y dolorosa. Uno hace cualquier cosa con tal de no estar solo porque estar solo es estar más en contacto con esa pelea interior en la que cada socio no se siente ni acompañado ni comprendido por el otro. Y ese aislamiento de cada socio interior es la base más profunda del sentimiento personal de soledad angustiosa e insoportable. Es la soledad padecida.

Cuando esas dos partes se dan cuenta que son socios de verdad, que las dos tienen el mismo derecho a existir, que entre ellas no cabe la imposición, y que por lo tanto van a dialogar hasta que encuentren una acción que las dos puedan suscribir, entonces se genera entre ellas la sensación de equipo cooperativo y solidario. Cuando los socios que me constituyen alcanzan ese estado, esa es la base más profunda del sentimiento de seguridad y confianza en mí mismo. Entonces la soledad es vivida de un modo muy distinto: no produce angustia y es más un sentimiento de intimidad que de aislamiento. Es como el campamento de base en andinismo: un lugar al que se vuelve para refugiarse de las tormentas, para reordenarse, recuperar fuerzas y así poder volver a salir. Es la soledad disfrutada.

Lo maravilloso de esta modalidad es que cuando se han establecido pautas interiores de colaboración  se le hace a uno más fácil encontrar caminos para hacer relaciones con otras personas, porque uno cuenta con el modelo interno y espontáneamente tiende a reproducirlo afuera. Y si el otro  -ya sea mi pareja, mi socio o un amigo- no concuerda, o la relación no es satisfactoria, no necesito someterme para continuarla a cualquier precio  porque tengo un lugar, que soy yo mismo, adonde volver.

Y ese es uno de los domicilios más preciados que podemos tener aquí en la tierra.

 

¿Hay algo más que ayude a estar bien en soledad? 

La otra base que ayuda a hacer habitable y grata la soledad es poder darle un sentido a la propia vida. Darle un sentido quiere decir inscribirla en algo más vasto, ya sea la idea de Dios, el Amor, algo que amo más que a mi propia vida, una causa que apasiona y que continúa luego de que yo muera, que puede ser tanto un trabajo comunitario o tareas de jardinería. Aquí no importa tanto la magnitud de la tarea sino la actitud con la que se la realiza. Todo esto es lo que habitualmente llamamos la dimensión trascendente de la vida. Esa conexión da un sentido de pertenencia, de compañía, que respalda y acompaña poderosamente en los momentos de soledad, más o menos prolongados, que a uno le pueda tocar vivir.

Una vez le preguntaron al maestro Atahualpa Yupanqui qué pensaba de las coplas anónimas, que pueblos enteros cantan sin saber el nombre del autor. Y él respondió que la vida premia al verdadero artista con el anonimato porque si bien nadie recordará su nombre, ninguna tumba encerrará su canto. A mí me impactó mucho esa respuesta porque muestra el amor a la obra más allá del propio nombre y apellido. Cuando uno ama la copla de ese modo, uno ES la copla y se siente nombrado por quienes la cantan. Esa es la esencia del trascenderse a sí mismo y sentirse parte de un movimiento más vasto que lo incluye y traspasa.  Cuando se alcanza esa vivencia la soledad personal ya no es algo que nos haga sentir aislados o desamparados.

 

¿Qué le diría a alguien que cree que su soledad es merecida por los errores que cometió en el pasado?

La soledad no es un castigo de la vida. Si estoy solo porque me rechazan es porque no he aprendido a producir relaciones que sean enriquecedoras o satisfactorias.Y eso no es exclusivamente por errores del pasado sino por problemas que también experimento en el presente, y que por lo tanto puedo y necesito resolver en el presente. Si cargo el tanque de mi auto con querosene y deja de andar no es por un castigo sino que ese hecho me confronta con la consecuencia de un error cometido. Y ese auto que se detiene, además de traer el dolor de la frustración, me abre también la posibilidad de un aprendizaje. La vida no castiga, me enfrenta con las consecuencias de mis actos, que es en última instancia, la manera de aprender.

 

¿La compañía se busca o simplemente se encuentra?

No hay tal cosa como “o se busca o se encuentra” como opciones absolutas. Lo más frecuente es que haya un poco de cada uno. Lo importante aquí es aprender a buscar bien y alguien lo hace cuando procura expandir y compartir lo que ya tiene en sí mismo. Es muy distinto cuando se busca a alguien para que nos trate mejor de lo que nosotros mismos nos tratamos; para que nos valore y nos haga sentir importantes y así compensar nuestra propia desvalorización. En general esa expectativa no se cumple y lo deja a uno peor. Es más adecuado que yo me disponga a resolver mi propia desvalorización donde corresponde, es decir en mi mismo, y no que busque al otro para que me salve de mi sensación de minusvalía.

 

Alguien por naturaleza antisociable, ¿está condenado a estar solo?

Los eventos sociales no son la única forma de relación. Hay personas que prefieren y disfrutan más los marcos más intimistas donde hay tiempo para una conversación sostenida. Y esto es tan legítimo como la sociabilidad. Y no significa quedar solo. En la medida en que uno esté claro con eso y lo haga saber, podrá encontrar personas a quienes les ocurre lo mismo, y podrán crear el ámbito más afín con sus tendencias personales.

 

¿Qué le diría a una persona que quedó viuda después de un largo matrimonio, y siente que su destino es envejecer sin compañía?

Le diría que revise esa idea que tiene del destino. No es un homenaje a su cónyuge fallecido no vivir nunca más con nadie. La dirección natural de la vida es que la capacidad que desarrolló con su esposo(a) la pueda expresar en otras relaciones, a través del nuevo formato que puedan tener, en función de las circunstancias. Lo esencial es que pueda mantener y enriquecer sus posibilidades de intercambiar afecto, de ser ayudada y ayudar a vivir, mientras viva.

 

¿Qué consejos le daría a los padres angustiados que padecen el denominado “síndrome del nido vacío”, cuando los hijos se van a vivir solos y la casa empieza a quedar grande?

Es una cuestión de grados, porque cada vez que una forma de intercambiar afecto termina y cambia, hay un tiempo de adecuación. Cuando dejamos la escuela primaria y pasamos a la secundaria, hay un tiempo en donde uno siente cierta tristeza por la forma que terminó, y al empezar la secundaria el proceso de crecimiento adopta otra forma. Con el o los hijos pasa lo mismo, y no sólo ocurre cuando se va, sino cuando deja de estar en la panza y pasa a ser un bebé, el primer día de clase, cuando por primera vez va a dormir a la casa de un amiguito o se va solo de vacaciones. Es decir que hay una serie de graduaciones, que van mostrando el cambio que se produce en la calidad de esa relación. Eso requiere la capacidad de discriminar la esencia de la forma, para no quedar identificado con la forma. Hay personas que, por ejemplo, quedan tan identificados con la forma de tener un bebé en brazos, que cuando el niño empieza a caminar les resulta un doloroso esfuerzo aceptar esa otra forma en la cual son menos necesitadas por su hijo. De modo que en un vínculo es un extraordinario ejercicio diferenciar la esencia afectiva de la forma que adopta ese intercambio. Cuando puedo hacer eso, empiezo a ver que la forma es forma y que está destinada a desaparecer, porque el ser temporaria es inherente a su cualidad misma. Y la esencia afectiva continúa. Eso me permite dejar de creer que la relación con mi hijo “era de verdad” cuando lo ayudaba a hacer los deberes, o cuando él tenía su cuarto en mi casa.

 

¿Cuáles son sus recomendaciones para quienes están solos porque, consciente o inconscientemente, sienten incapacidad para pedir ayuda, y se aíslan por su omnipotencia?

-Cuando uno llegó a la conclusión, en la relación con los otros, que “mejor no me comunico porque, en el fondo, van a ser más problemas que soluciones”, es porque tiene esa experiencia dentro suyo. Si él, en su diálogo interno, produce más sufrimiento que soluciones, le va a quedar una imagen de los diálogos como algo estéril y piensa que es mejor silenciarlos porque lo que traen son discusiones y acusaciones inútiles. Es el tipo de persona que luego necesita evadirse de sí, ya sea a través de la televisión, el shoping, las múltiples ocupaciones, o lo que sea. Poder relacionarse bien sin duda enriquece porque recibo lo que me falta y aporto lo que tengo pero eso lamentablemente no siempre viene dado y es necesario aprenderlo. Y vale la pena hacerlo porque permite reconectarse con la esencia misma de la vida. La vida es interacción cooperativa, ya sea entre dos células  o entre dos personas.

 

¿Es cierto que la compañía tiene un efecto curativo? 

-Depende de cómo nos acompañen. Es bueno estar atentos para no descalificar sutilmente a la soledad y creer: “si estoy acompañado, me salvé y si estoy solo, soy un fracasado y me avergüenzo”. Si alguien, por ejemplo, recibe la visita de un familiar en el hospital, en una atmósfera de reproches y malestar, lo más probable es que se quede peor que antes de la visita. En cambio, si la persona que está sola está asumiendo ese momento y se siente bien, la soledad puede ser también curativa. De modo que hay que tener cuidado para no inclinar la balanza y atribuirle a la compañía todas las virtudes, y a la soledad  todos los defectos. Las dos experiencias son igualmente necesarias, y hay que pasar por las dos. Porque si no sé estar solo, voy a sobrecargar y abrumar a quien se relacione conmigo. Comunicarse es enriquecedor pero si no he aprendido a observar al otro, y reconocer si está cansado o se está durmiendo mientras le hablo, entonces, esas son más descargas que comunicación. Cuando quiero contarle algo a alguien es bueno que pueda  preguntarle antes si está disponible para escuchar. Por todo esto es que estar solo o acompañado no son dos opciones excluyentes. Es más bien: aprender a estar solo para poder estar acompañado, y aprender a estar acompañado para poder estar solo. Los dos son momentos igualmente necesarios.

 

 

Entrevista brindada a F. Cataldo para “Salud Alternativa”
Fuente: http://www.autoasistencia.com.ar/articulos/articulo11.html#
Imagen: http://www.widedesktopwallpapers.net/3d/images/loneliness.jpg

.

Qué es la Autoasistencia Psicológica

Por Dr. Norberto Levy

 

 

El autorrechazo sabio es lo que está en la base de la autorregulación biológica, también llamada homeostasis. Esta es la capacidad que tenemos los organismos vivos de albergar una memoria del estado óptimo y de arbitrar los medios para recuperarlo cada vez que lo perdemos. Por ejemplo, disminuye el oxígeno en sangre porque fue utilizado para nutrir los tejidos y el organismo rechaza esa baja de oxígeno. La clave está en que lo rechaza con sabiduría, es decir, que lo hace activando la respiración que es lo que permite incorporar el oxígeno que se perdió. Esto mismo ocurre con todos los otros componentes que se alteran y gracias a este maravilloso mecanismo es que estamos vivos.
En el plano físico la elección del mecanismo restaurador es automática. Es algo que el organismo ya ha aprendido en el curso de su evolución.
En el nivel psicológico también rechazamos los estados dolorosos o disfuncionales que nos alejan del óptimo. La diferencia es que la manera en la que los rechazamos frecuentemente no conduce a la transformación deseada. Ese es el rechazo que daña y no transforma. En este plano necesitamos hacer un aprendizaje para convertir el rechazo que lesiona y no transforma en un rechazo que transforma sin dañar. Eso es posible y cuando lo logramos, extendemos al ámbito psicológico lo que el organismo ya aprendió en el nivel físico.
A esta capacidad la he denominado capacidad autoasistencial.


El rechazo y el deseo

Yo rechazo algo porque deseo que sea distinto, es decir, rechazo y deseo son las dos caras de la misma moneda.
Cada vez que deseo algo está implícito que rechazo todo aquello que no sea eso y cada vez que rechazo algo está implícito que deseo otra cosa.
De modo que deseo y rechazo son los nombres que destacan las dos facetas de la misma energía.
Si la nombráramos completamente diríamos: deseo-rechazo, pero habitualmente nombramos una sola faceta y la otra queda implícita. Generalmente nombramos la faceta que más queremos destacar. Y así hablamos en términos de “quiero tal cosa” o “rechazo tal cosa” pero es bueno recordar que siempre que nombramos una, la otra está implícita.


El rechazo y la aceptación

Hasta ahora en psicología hemos intentado resolver los problemas que el rechazar produce procurando alentar y activar la aceptación.
Lo que presentamos aquí es un camino diferente: Es establecer una distinción dentro del rechazo mismo y observar que existe un rechazo destructivo y un rechazo asistencial. A partir de esta distinción ya no es necesario resolver los problemas que el rechazo produce dejando de rechazar si no más bien aprendiendo a rechazar.
Esta nueva actitud resuelve las múltiples dificultades que presenta el intentar pasar del rechazo a la aceptación. La brecha entre ambas es muy grande y muchas veces la propuesta de ese tránsito se ha convertido en una mera expresión de deseos que termina generando un problema más. Si por ejemplo rechazo a mi parte envidiosa y se me dice: “ Aceptá que tenés envidia… ”, eso tal vez lo pueda hacer intelectualmente pero no de un modo integral. En mi experiencia he observado que resulta mucho más fértil el poder aprender a rechazar a mi parte envidiosa de un modo eficaz.
Cuando he aprendido a rechazar de un modo asistencial, la aceptación viene sola, sin necesidad de que la llamen, como un elemento más del proceso de acompañamiento y transformación.


Síntesis de la propuesta

La Autoasistencia Psicológica es un modelo teórico y clínico que propone la exploración sistemática y detallada de la relación rechazador-rechazado interior. Además describe las razones por las cuales el rechazo es estéril y propone los pasos vivenciales que es necesario recorrer para transformarlo en rechazo asistencial.


Cómo se hace

La pregunta que surge frente a esta descripción es: ¿Cómo se detecta la relación rechazador-rechazado interior?
Para mostrarlo utilizaremos un ejemplo: Paula me consultó porque se sentía muy temerosa y quería sentirse más segura. Le pregunté: si imaginaras que esa Paula temerosa estuviera enfrente tuyo: ¿qué le dirías? y ella respondió: ¡la sacudiría para que se despabile…! Luego la invité a que tomara el lugar adonde ubicó a la parte temerosa y que viera cómo se sentía al escuchar eso. Desde allí respondió: Ahora me siento más insegura que antes, me dan ganas de hacerme un bollito y desaparecer.
Y así quedaron claramente identificados los tres protagonistas interiores del conflicto:

  • El estado rechazado, en este caso el temeroso.
  • El estado deseado, en este caso el seguro.
  • El rechazador del aspecto temeroso y deseador del estado de seguridad, que actúa de cierta manera sobre el temeroso para transformarlo en seguro.

Los posibles contenidos del estado rechazado son múltiples: Puede ser un aspecto infantil, celoso, resentido, dependiente, triste, etc. En suma, cualquier parte de uno mismo que uno rechace.
Lo mismo ocurre con los contenidos del estado deseado: Puede ser: seguro, decidido, claro, alegre, maduro, etc.
Al rechazador-deseador lo he denominado “cambiador” porque contiene ambas funciones: rechazar algo y desear cambiarlo. A los efectos prácticos los utilizaré indistintamente, como sinónimos.
La incógnita fundamental es conocer qué hace el cambiador para transformar al aspecto rechazado en el aspecto deseado.
En este caso: sacudirlo.
Esa es la actitud inadecuada que empeora al temeroso, que produce sufrimiento y que es necesario transformar.
Sacudirlo no es la única actitud inadecuada del cambiador. Existen algo más de diez actitudes generalizadas erróneas en la manera de intentar producir una transformación en lo rechazado, cada una con un sistema específico de interacciones.
Desde esta perspectiva la tarea consiste entonces en transformar al cambiador que daña y no transforma en un cambiador que transforma sin dañar.
El nuevo interrogante que surge ante esta propuesta es: ¿Cómo se lleva a cabo?
El modo más eficaz que he encontrado para transformar dichas actitudes inadecuadas del cambiador y que he explorado en los últimos 30 años, es a través de la consulta al aspecto rechazado acerca de qué trato necesitaría recibir del cambiador en lugar de ese que recibe, y una vez que lo descubrió, proponerle al consultante que se convierta en ese cambiador requerido que le brinda al aspecto rechazado lo que él dijo que necesita. Cuando eso ha ocurrido se promueve un diálogo entre ambos.
Cada persona necesita un tiempo distinto para lograrlo y la tarea recién culmina cuando la vivencia de la relación interior entre el asistente y el asistido se ha alcanzado.
Este proceso es sencillo de describir en palabras y parece que por tan obvio es irrelevante pero se requiere una cuidadosa y delicada artesanía técnica para facilitarle al consultante el ingresar y vivir cada uno de estos roles. Sólo cuando se encarna a cada uno de estos personajes y se vive en plenitud cada momento: ser el que siente el miedo, luego ser quien quiere sacudir, y así con el resto de los personajes, es que se puede acceder a la potencia plena de esta experiencia y su aprendizaje.
Las vicisitudes de este proceso las describo en detalle en El Asistente Interior. Aquí presento una versión muy resumida de su esquema básico para hacer inteligible la secuencia.
Otro componente significativo de esta tarea es que el aprendizaje que el rechazador realiza en su diálogo con lo rechazado (en este ejemplo una parte miedosa) trasciende a ese aspecto particular y se va extendiendo a otros aspectos propios que también pueda rechazar. Es decir, el rechazo asistencial se va convirtiendo en una matriz básica que impregna al resto de las relaciones interiores. En la medida que esa calidad de rechazo se consolida, se extiende también a las personas del mundo externo. De modo que si tengo conflictos con mis padres o mi pareja o mis hermanos, etc. no es imprescindible que entre en los detalles particulares de cada vínculo para resolver los conflictos que allí experimento. Los conflictos en esas relaciones se van resolviendo también en la medida en que la matriz básica rechazador-rechazado deja de ser destructiva y se convierte en asistencial.
Cuando esto ocurre, el sufrimiento auto creado disminuye hasta su cesación, tanto en la relación consigo mismo como con los demás.
Esta tarea puede realizarse sin conocer los datos históricos detallados del consultante: Cómo fue su relación con sus padres, cómo fue su infancia, la relación con sus hermanos, etc.
Todo el pasado está presente en la relación rechazador-rechazado interior tal como se presenta en el ahora y los componentes conflictivos del pasado se resuelven en el presente de esa relación.


Contexto histórico

Fritz Perls, creador de la Psicoterapia Gestáltica , ya había llamado la atención sobre la importancia de la autorregulación organísmica como factor substancial en la recuperación de la salud, concepto que fue compartido por todas las psicologías humanistas, al punto tal que esta noción se convirtió en uno de sus rasgos distintivos.
Lo que hace la Autoasistencia Psicológica es profundizar en este concepto, es decir, penetrar en la trama íntima de las relaciones entre los protagonistas de la autorregulación, identificar al autorrechazo como una fuerza fundamental de la misma y centrar su investigación en él, con todo el universo nuevo que se abre al ingresar en ese espacio.
Por todo lo expuesto queda claro que la Autoasistencia se inscribe dentro de las psicologías humanistas, y en la medida en que explora también la dimensión trascendente de la experiencia humana comparte las inquietudes específicas de la Psicología Transpersonal.


Autoasistencia y Nanopsicología

El término “nano” se utiliza como prefijo para nombrar el campo de una actividad cuando opera con tamaños inferiores a la millonésima parte de un milímetro, es decir en escala atómica. Con el progreso tecnológico han ido surgiendo las nanociencias, las nanocomputadoras, etc.
Es evidente que hay un claro avance hacia lo más pequeño y su presencia es cada vez mayor en la industria y en cibernética. La manifestación más conspicua de este movimiento en medicina es la exploración génica. ¿Y qué es un gen? El programa de instrucciones que regula el funcionamiento de cada órgano.
Es interesante observar que en un espacio muy pequeño se encuentra el conjunto de instrucciones que posibilita el funcionamiento de vastos sistemas.
Su valor clínico es enorme pues en una enfermedad podemos ingresar en el gen y, corrigiéndolo, lograremos reparar desde su raíz misma a la enfermedad en cuestión. Este es un salto formidable en el modo de actuar sobre aquello que se desea conocer y transformar.
En ese sentido la Autoasistencia Psicológica , que propone la exploración y resolución sistemática de la relación rechazador-rechazado interior, es también una Nanopsicología.
Este término aún no existe y lo estoy acuñando como una metáfora dado que, como todos sabemos, en psicología no son relevantes las variables de longitud como el micrón o el nanómetro.
Lo que procuro destacar con este término son las enormes posibilidades que se abren en el trabajo psicológico explorando las matrices que se hallan en el universo de lo muy pequeño.
En la relación rechazador-rechazado interior están, efectivamente, las matrices básicas, “los genes”, tanto de la producción como de la resolución de los conflictos en cada uno de nosotros.
Considero que es muy auspicioso para el campo psicológico comprobar que es posible, a partir de la transformación de ese foco “nanométrico” del conflicto, reparar el universo “macro” de las relaciones personales.

 

Fuente: http://www.autoasistencia.com.ar/autoasistencia/autoasistencia.html
.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: