¿Te ayudo o acompaño?

Por Tomás Vela

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Me encuentro frente a alguien que está atravesando un momento difícil, más complejo de lo que suele vivir como cotidiano, y ese alguien es una persona importante para mí. Quiero contribuir de alguna manera a que él (o ella) supere su situación conflictiva e, incluso, recupere su bienestar original: ¿lo ayudo o acompaño?

Lo primero será (aunque se trate de un caso hipotético) distinguir que al ayudar pongo al servicio del otro una serie de recursos que pueden modificar la situación en cuestión. Para transformar en acción mi deseo de ayudar el otro deberá primero aceptarla (o pedirla) y luego comprometerse con aquello que la ayuda implica según, por supuesto, la lectura que el beneficiado haga de la misma. Si como coach ofrezco ayudar o asistir (que a los fines prácticos, aquí sería lo mismo) a alguien, lo que espero de esa persona es que escuche mi propuesta, si le sirve la tome o modifiquemos juntos, y realice las acciones acordadas.

Al acompañar, en cambio, si bien puedo seguir poniendo mis recursos al servicio del otro, mi papel será más “de Guardia”, por llamarlo de alguna manera: el otro aceptará mis aportes o no, se comprometerá o no, e incluso registrará mi presencia o no según el estado en que se encuentre y las elecciones que tome respecto a mi ofrecimiento.

En la ayuda o asistencia existe cierta pendiente entre quien ofrece y a quien le es ofrecida, pues le estoy dando algo que no tiene a alguien a cambio de su aceptación al ofrecimiento y compromiso de hacer uso del mismo (cuando en la ayuda aparece la retribución económica casi seguro lo llamaré “trabajo”) Por otra parte, en el acompañamiento la pendiente se hace horizontal y la relación se hará pareja (de iguales o semejantes; pares), y será el acompañado el que determine cuál será su grado de aceptación de nuestra compañía.

Tanto en la ayuda como en el acompañamiento se establecen ciertos acuerdos, por lo que, independientemente de que te esté ayudando o acompañando, en algo me estoy comprometiendo contigo cuando lo hago (ese algo variará según la calidad del vínculo y las sucesivas actualizaciones del mismo) Yo me comprometo con él (o ella); pero él, repito, sólo se comprometerá si acepta la ayuda o asistencia (y no necesariamente con el acompañamiento)

Entonces, ¿te ayudo o te acompaño? Tal vez lo más apropiado sea preguntarle a quien queremos ayudar o acompañar de qué modo quiere que estemos con él (podría ser de ambos), respetando su decisión y sin tomarnos personalmente si opta por alguna que nosotros no hubiéramos querido que elija. Que el otro nos sepa dispuestos y que nosotros actuemos en consecuencia de lo que nos comprometimos a hacer, me resulta, a priori, el máximo premio a aspirar. Será una señal contundente de que ese que nos importa se siente querido, valorado y respetado en sintonía a como yo lo quiero, valoro y respeto.

 

 

Imagen: http://microsofthelpnow.com/wp-content/uploads/2012/11/pc_problems_need_help.jpg

 

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La Vergüenza

 

 

Por Dr. Norberto Levy (extracto La Sabiduría de las Emociones)

 

Cómo se cura la vergüenza

 

Hemos observado que la vergüenza tiene muchos matices y facetas. En este capítulo nos centraremos en la resolución de la vergüenza que inhibe la acción de mostrarse y expresarse, pues es la más frecuente, la que más trastornos produce y la que más necesita ser comprendida y resuelta:

«Me da vergüenza que me saquen fotos; Me da vergüenza bailar… o cantar… o hablar en público…», etc.

 

• Es importante revisar cómo es el avergonzador interno de cada uno. El avergonzador interno es esa voz que, o bien imagina que los otros van a burlarse de nuestro deseo de mostrarnos y de los fallos en nuestra performance, o bien esa misma voz lo hace, diciéndonos, por ejemplo: «¡Cómo puede ser que hayas cometido semejante fallo (desafinado, tropezado, tartamudeado, vacilado… etc.). ¡Eres ridículo! ¡No mereces que te tengan en consideración ni te quieran…! ¡Mejor desaparece!»

 

Ese aspecto necesita aprender que si bien su función es informarnos de que nos hemos equivocado, el sentido último de esa información es ayudarnos a capacitarnos, no destruirnos.

 

El aspecto avergonzador actúa como si la vida fuera una serie ininterrumpida de escenas de examen, y ante cada situación que a uno le toca protagonizar, él funciona como un severo profesor que no enseña, que sólo toma examen y aprueba o reprueba. Reprobar significa aquí burlar, descalificar y excluir.

Lo que el avergonzador necesita incluir es el componente de aprendizaje que existe en la vida, en el que cada uno ejercita su condición de aprendiz que continuamente ensaya, explora, acierta y se equivoca. Y comprender que ese movimiento nunca cesa.

 

 

(Fuente: http://www.facebook.com/notes/autoasistencia-psicol%C3%B3gica/la-verguenza/165377353600846, extractado de La Sabiduria de las Emociones del Dr. Norberto Levy;
Fuente Imagen: http://pinterest.com/pin/153403931027701564/)

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Felicidad y Creatividad

Por Mihaly Csikszentmihalyi*

Las personas creativas difieren las unas de las otras en muchos aspectos, pero en uno son unánimes: todas aman lo que hacen. No es la esperanza de lograr fama o riqueza lo que las conduce; en vez de eso, es la oportunidad de hacer el trabajo que ellas disfrutan haciendo lo que las guía. Debemos asumir que no es lo que ellos hacen lo que cuenta, sino que cómo lo hacen.

 
Programados para la creatividad
Cuando se le da una lista a la gente preguntándole acerca de la mejor descripción de lo que disfrutan hacer más, la respuesta más frecuentemente elegida es el “diseñar o descubrir algo nuevo”. Pero la evidencia sugiere que por lo menos hay un grupo de gente que disfrutaría descubriendo y creando sobre todo lo demás.
Debido a mutaciones aleatorias, algunos individuos han desarrollado un sistema nervioso en el cual el descubrimiento de novedades estimula los centros de placer en el cerebro. Probablemente somos los descendientes de ancestros que reconocieron la importancia de la novedad, protegieron a aquellos individuos que disfrutaban siendo creativos y aprendieron de ellos. Debido a que tenían con ellos a individuos que disfrutaban explorando e inventando, estaban mejor preparados para enfrentar las condiciones impredecibles que afectaban su supervivencia. Nosotros también compartimos la habilidad para disfrutar casi todo lo que hacemos y podemos crear y descubrir algo nuevo al hacerlo. Esta es la razón por la cual la creatividad es tan placentera, no importa donde tenga lugar.
Pero hay otra fuerza que nos motiva, y es más primitiva y más poderosa que la tendencia a crear: la fuerza de la entropía. Esta también es un mecanismo de supervivencia construido en nuestros genes por la evolución. Nos da placer cuando estamos cómodos, cuando estamos relajados, cuando podemos sentirnos bien sin gastar energía. Sin este regulador interno podríamos agotarnos fácilmente y no tener las suficientes reservas de fuerza, grasa corporal, o energía nerviosa para enfrentarnos a lo inesperado.
Todos nosotros somos atraídos entre estos dos sets opuestos de instrucciones programadas en el cerebro. En la mayoría de los individuos la entropía parece ser más fuerte, y disfrutan la comodidad más que el desafío del descubrimiento. Unos pocos son más reactivos a las recompensas del descubrimiento. A menos que haya la suficiente gente motivada por el placer que proviene del enfrentamiento de los desafíos, no hay evolución de la cultura, ni progreso en los pensamientos o sentimientos. Así que es importante entender mejor en qué consiste el placer y cómo la creatividad lo puede producir.

 
¿Qué es el placer?
Ciertas personas dedican muchas horas a la semana a su trabajo sin ninguna recompensa de dinero o fama. ¿Por qué continúan haciéndolo? Está claro al hablar con ellos que lo que los mantiene motivados es la calidad de la experiencia que sienten en ese momento. Este sentimiento a menudo incluye esfuerzos dolorosos, arriesgados, que presionan la capacidad de la persona, y también incluye un elemento de novedad y descubrimiento.
Yo llamo a esta experiencia “flujo”, porque mucha gente –artistas, atletas, científicos, gente común y corriente- han descrito el sentimiento en palabras similares. El flujo es un estado de conciencia que consume poco esfuerzo aunque está altamente focalizado. Y las descripciones no varían mucho según cultura, género o edad.
En las entrevistas, la gente menciona repetidamente ciertos elementos clave en sus impresiones de esta experiencia placentera:
Hay metas claras en cada paso del camino: en el estado de flujo siempre sabemos lo que debemos hacer.

 

  • Hay un feedback inmediato a las propias acciones: en un estado de flujo, sabemos lo bien que lo estamos haciendo. Mantener el flujo en el contexto de una sociedad indiferente puede ser difícil. Evidentemente, aquellos individuos que continúan haciendo un trabajo creativo son aquellos que pueden darse feedback a ellos mismos, sin tener que esperar recibirlo de los expertos.
  • Hay un balance entre los desafíos y las habilidades: en el estado de flujo, sentimos que nuestras habilidades están bien ajustadas para las oportunidades de acción. En el día a día a veces sentimos que los desafíos son demasiado altos para nuestras habilidades o que nuestro potencial es mayor que las oportunidades para expresarlo.
  • La acción y la conciencia están unidas: en la experiencia de cada día, nuestras mentes a menudo están separadas de lo que hacemos. En estado de flujo, nuestra concentración está enfocada en lo que hacemos. Una mente unificada es requerida para el ajuste cercano entre los desafíos y las destrezas, y se hace posible por la claridad de las metas y la constante disponibilidad de feedback.
  • Las distracciones son excluidas de la conciencia: somos concientes sólo de lo que es relevante aquí y ahora. El flujo es el resultado de la concentración intensa en el presente, la cual nos alivia de los temores usuales que causan depresión y ansiedad en la vida diaria. Las distracciones interrumpen el flujo, y puede tomar horas recuperar la paz mental necesaria para continuar con el trabajo. Mientras más ambiciosa sea la tarea, más tiempo toma que uno se sumerja en ella, y más fácil es distraerse.
  • No hay miedo al fracaso: en el estado de flujo, estamos demasiado envueltos como para estar preocupados por el fracaso. Sabemos lo que debe ser hecho, y nuestras destrezas están potencialmente adecuadas a nuestros desafíos. Si el desafío se vuelve muy grande, un sentimiento de frustración surge en vez de placer.
  • La auto conciencia disminuye: en estado de flujo, estamos demasiado envueltos en lo que hacemos como para preocuparnos acerca de proteger el ego. Paradójicamente, el Yo se expande a través de actos de auto olvido.
  • Se distorsiona el sentido del tiempo: generalmente, en el estado de flujo nos olvidamos del tiempo, y las horas pueden pasar en lo que parecen ser unos pocos minutos. O pasa lo contrario: a una figura del skate puede parecerle que una vuelta que sólo dura un segundo en tiempo real parece alargarse por mucho más. Nuestro sentido de cuánto tiempo pasa depende de qué estamos haciendo.
  • La actividad se vuelve un fin en sí misma: mucho de lo que hacemos no es solamente por placer, sino que para lograr una meta. En muchos sentidos, el secreto para la felicidad es aprender a obtener el flujo de casi todo lo que hacemos, incluyendo el trabajo y las labores familiares. Si casi todo lo que hacemos vale la pena hacerlo por sí mismo, entonces no hay nada desperdiciado en la vida.

 
Flujo, felicidad, y el futuro.
¿Cuál es la relación entre flujo y felicidad?, es tentador concluir que los dos son la misma cosa; sin embargo, la conexión es más compleja. Cuando estamos en flujo, no siempre nos sentimos felices, porque sentimos sólo lo que es relevante para la actividad. La felicidad es una distracción. Es sólo cuando salimos del flujo, al salir de una sesión o en momentos de distracción, que podemos sentirnos felices.
A mayor flujo que experimentemos en la vida diaria, más probable es que nos sintamos felices en general.

Desafortunadamente, mucha gente encuentra que los únicos desafíos a los que puede responder son la violencia, el juego, sexo desordenado, o drogas. Tales experiencias pueden ser placenteras, pero estos episodios de flujo no agregan un sentimiento de satisfacción y felicidad con el pasar del tiempo. El placer no conduce a la creatividad, sino que pronto deriva en adicción.
El vínculo entre el flujo y la felicidad depende de si la actividad productora de flujo es compleja, si conduce a nuevos desafíos y de esta manera al crecimiento personal y cultural.
El problema es que es más fácil encontrar placer en cosas que son más fáciles, en actividades como el sexo y la violencia que están ya programadas en nuestros genes. Es mucho más difícil aprender a disfrutar el hacer cosas que hemos descubierto recientemente en nuestra evolución –tales como manipular sistemas simbólicos a través de las matemáticas o componer música- y aprender acerca del mundo y nosotros mismos.
Las escuelas generalmente fallan en enseñar lo bella que puede ser la ciencia y las matemáticas; ellas enseñan la rutina de la literatura e historia en vez de la aventura.
Es en este sentido que los individuos creativos viven vidas ejemplares. Ellos muestran lo interesante y placentera que puede ser una actividad simbólica compleja.

 
Desarrollando tu creatividad –y felicidad
Aquí se nombran unas cuantas sugerencias para incrementar tu creatividad y felicidad personal:

 

  • Trata de sorprenderte por algo cada día.
  • Trata de sorprender al menos a una persona cada día.
  • Escribe cada día qué te sorprendió y cómo sorprendiste a los otros.
  • Cuando algo te parezca interesante, síguelo.
  • Reconoce que si haces cualquier cosa bien ésta se vuelve placentera.
  • Para mantener el placer por algo incrementa su complejidad.
  • Deja tiempo para la reflexión y relajación.
  • Descubre qué te gusta y qué odias de la vida.
  • Comienza a hacer más de lo que te gusta y menos de lo que odias.
  • Descubre una forma de expresar lo que te mueve.
  • Mira los problemas desde todos los puntos de vista posibles.
  • Ten tantas ideas como sea posible.
  • Trata de producir ideas originales.

 

 

(*) Artículo inicialmente publicado en la revista “The futurist” en Septiembre-Octubre de 1997

Fuentes:
-The Futurist (http://www.wfs.org/futurist)
-Wasabi (http://blogwasabi.blogspot.com.ar/2007/10/felicidad-y-creatividad-mihaly.html)
-Neuronilla (http://www.neuronilla.com/index.php?option=com_content&view=article&id=450/86)
-Imagen: http://www.estuimagen.com/felicidad2371/

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La dignidad del miedo

Por Norberto Levy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así como en el plano físico cada órgano (hígado, cerebro, riñones, corazón) cumple una función específica y necesaria, en el universo emocional cada emoción cumple también una función de igual importancia.

Existen emociones que nos informan acerca de lo que tenemos (alegría, gratitud, confianza, solidaridad, etc.) y otras que nos informan  acerca de algo que nos falta  (tristeza, miedo, envidia, culpa, etc.) A estas últimas se las suele llamar “negativas”, y no lo son. Son en realidad valiosísimas señales que nos remiten a problemas que estamos experimentando en ese momento.  Por ejemplo,  el miedo es la sensación de angustia que nos informa que hay una desproporción entre  la amenaza que enfrentamos y los recursos que tenemos para encararla. Si el peligro tiene “valor diez” y los recursos son también “valor diez” no se producirá miedo.  Si en cambio, los recursos son “valor cinco”, el miedo surgirá y será la señal que nos avisa de esa desproporción. En ese sentido podemos comparar al miedo con la luz roja del tablero del automóvil que se enciende e indica que hay poca nafta. El problema no es la luz sino lo que pone en evidencia: que falta combustible. La luz roja es una valiosísima señal que nos remite a resolver ese problema. Lo que necesitamos es aprender a tratar al miedo con la misma eficacia con que tratamos la luz del tablero, y eso es posible.

 

CREENCIAS ERRÓNEAS

Uno de los factores que perturba esa posibilidad son las creencias equivocadas que tenemos acerca del miedo. En general pensamos que es una “emoción negativa”, que es señal de debilidad y cobardía, que es mejor no escucharlo porque sino no haríamos nada, que los hombres no tienen miedo… que el problema es el miedo y que si por el camino que fuera lográramos no sentirlo, no tendríamos las angustias estériles que el miedo nos trae.

Cuando nos apoyamos en esas ideas tapamos y maltratamos al aspecto miedoso y ahí es cuando el miedo comienza a convertirse en un problema que paraliza y hace sufrir.

 

QUÉ HACEMOS CON EL MIEDO

Es bueno recordar que no sólo sentimos miedo sino que a continuación reaccionamos ante ese miedo que sentimos, y podemos sentir vergüenza, rabia, desprecio, impotencia o miedo por tener miedo. Es decir, se produce una reacción emocional en cadena, y lo interesante es que según sea esta segunda reacción será el destino del miedo original.

Si nos da miedo sentir miedo tratamos de suprimirlo porque nos parece que nos va a sobrepasar y desorganizar. Si nos da rabia nos enojamos con la parte miedosa y solemos retarla y castigarla. Si nos avergüenza, la escondemos. Y así,  cada una de estas segundas reacciones produce una actitud específica hacia el miedo original.

A la parte miedosa se le agrava entonces su condición y tiene dos amenazas: la externa (el examen, la enfermedad, el rechazo, o lo que sea el motivo del miedo) y la interna, que es la propia reacción interior.

 

LA REACCIÓN DEL MIEDO

Matías me consultó por miedo a la soledad. Le pregunté: “Si imaginaras que esa parte miedosa estuviera enfrente ¿qué le dirías? …y mirando hacia ese espacio le dijo: “¡estoy harto de ese miedo absurdo que tenés que no me deja vivir… me dan ganas de abofetearte para que despiertes…!”

Lo invité entonces a que tomara el lugar de la parte miedosa y viera cómo se sentía al escuchar eso.

Desde ahí respondió: “Ahora me siento peor y más solo que antes…”

Esta es una de las típicas reacciones interiores que agravan el miedo original. En ella se suman el enojo ignorante que cree que abofeteando a la parte miedosa la va a transformar, y la creencia, ignorante y frecuente también, de que hay miedos absurdos.

Ambas forman parte de  la evaluación que hacemos acerca de lo que sentimos, y esta evaluación es continua, seamos o no, concientes de ello. Algunas de esas reacciones nos ayudan efectivamente a cambiar y otras, como las que describimos recién, nos dejan más asustados que antes. Y esto es así no porque el evaluador sea malo sino porque es ignorante y no sabe cómo ayudar. Nosotros somos los dos, tanto el que tuvo miedo como el que lo evalúa. Somos ese equipo, y según cómo se relacionen entre sí será nuestro destino psicológico: insatisfacción crónica o crecimiento.

Y dado que es una función tan importante ¿Qué puede hacer el evaluador, por ejemplo ante el miedo, para aprovechar esa emoción en lugar de sólo padecerla?

Primero: Legitimarla y escucharla. Legitimar no es consentir. No es: “Está todo bien, y… a otra cosa”. Eso anestesia pero no ayuda. Legitimar quiere decir que se reconoce que hay un problema, pero que quien lo padece no merece reproche por eso, sino ayuda. Hay personas que dicen: “Yo no escucho a mi parte miedosa porque si la oyera nunca haría nada”. Esa actitud funciona durante un tiempo muy corto pero la parte miedosa no escuchada y maltratada sigue creciendo y en algún momento, activada por una situación tal vez menor, irrumpe de golpe con todo el miedo acumulado y se produce lo que conocemos como crisis de pánico.

Podríamos compararlo con una angina. Si la reconocemos y asistimos, llega hasta ahí y remite. Si no escuchamos ni atendemos esa señal, crecerá y se hará neumonía.

La crisis de pánico es el equivalente psicológico de esta neumonía.

Segundo: Una vez que la hemos escuchado, preguntarle: ¿Cómo necesitás que te trate y te hable para que puedas sentirte acompañada y ayudada por mí?

Es importante saber que si se le da el tiempo suficiente, esa parte miedosa lo va descubriendo, y la experiencia clínica muestra que ese trato que necesita, en la mayoría de los casos no coincide con el que recibe diariamente.

Tercero: Intentar tratarla como lo acaba de pedir. Eso se logra cuando el evaluador interior se conecta con un componente esencial de su rol, y es que su tarea consiste en evaluar para enriquecer, no para destruir a lo evaluado.

Que una parte de uno mismo le hable a otra y después esa otra le conteste, tal como ocurre entre dos personas, parece algo extraño, pero de hecho esa conversación interior existe, aunque no la percibamos con claridad.

Este ejercicio intenta amplificar esas voces y transformar su antagonismo en  cooperación.

Cuando hay cooperación interior entre el evaluador y el evaluado se va pudiendo encontrar, ante cada situación que despierta miedo, cuáles son los recursos psicológicos que faltan para poder enfrentarlo y cómo desarrollar dichos recursos. Y cuando tales recursos no se pueden desarrollar, la retirada, al ser consensuada, deja de ser conflictiva pues forma parte del derecho que me asiste de elegir las condiciones más propicias para mi desempeño. Como dice el I-Ching: Saber emprender correctamente la retirada no es signo de debilidad sino de fortaleza…

En la medida en que uno se ejercita en el despliegue de estos diálogos interiores, el miedo va recuperando su dignidad original perdida y vuelve a ser la valiosísima señal de alarma que es.

 

 

El Miedo | Autoasistencia Psicológica

 

Fuentes:
Texto y video; http://www.autoasistencia.com.ar
Imagen; http://reiki-kdr.blogspot.com/2011/10/10-aspectos-sobre-el-miedo-al-fracaso.html

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Enfermedad mental y estigma

Por 1decada4.es y Consejería de Salud de la Junta de Andalucía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La persona con enfermedad mental debe afrontar una doble dificultad para recuperarse: la enfermedad en sí y los prejuicios y discriminaciones que recibe por padecerla. Es el estigma social, una carga de sufrimiento que incrementa innecesariamente los problemas de la enfermedad y constituye uno de los principales obstáculos para el éxito del tratamiento y de la recuperación

 

Los sentimientos de vergüenza y estigmatización que provoca esta enfermedad entre quienes la padecen y sus familiares son la causa de que actualmente muchos enfermos y enfermas no estén diagnosticados/as ni tratados/as, especialmente al comienzo del trastorno, cuando el éxito del tratamiento es mayor. Asimismo, el miedo y la aversión de la sociedad cierra muchas puertas a estas personas: sanitarias, laborales, de vivienda o de relaciones sociales.

El origen del estigma está en estereotipos y mitos injustos heredados de siglos de incomprensión hacia la enfermedad mental. El silencio que la rodea y que la ha convertido en tabú ha mantenido el estereotipo, que es una idea o imagen aceptada de común acuerdo por la sociedad y que permanece invariable. La reiteración de esos estereotipos ha creado sólidos prejuicios, que se ven reflejados en pensamientos y actitudes arbitrarias o parciales respecto de la enfermedad o las personas que la padecen, sin analizar si existe alguna razón que lo justifique.

Finalmente, el prejuicio se plasma en la discriminación, por la cual individuos o grupos de una sociedad privan a otros de sus derechos o beneficios y les dan un trato de inferioridad. En un principio, la estigmatización tendría un carácter originariamente moral, pero con serias consecuencias, ya que se identifica al grupo segregado con el estigma mismo. Al tratar a la persona con enfermedad mental, se hace exclusivamente según su enfermedad, no como una persona como otra cualquiera.

 

LAS ETIQUETAS

El estigma es la etiqueta que se pone sobre la persona y resulta muy difícil desprenderse de ella. Llega a ocultar a ese hombre o esa mujer, porque se la identifica plenamente con el hecho por el que se le etiqueta. El lenguaje da buena muestra de cómo la enfermedad mental se identifica como único rasgo de la personalidad de quienes la padecen. Si tiene esquizofrenia, pasa a ser “esquizofrénico”; si sufre depresión, es una “depresiva”. Algo que actualmente no sucede con otras enfermedades, porque a quien padece cáncer no se le llama “canceroso”.
Una vez que la sociedad subraya la diferencia resulta muy difícil para la persona ser aceptada. Además, la presión interna que sufre para asumir los estereotipos de incapacidad e inutilidad hace que los síntomas de la enfermedad sean más persistentes y creen una sensación de discapacidad.

 

EL AUTOESTIGMA

Una de las consecuencias más graves de la discriminación es la creación del autoestigma. Los prejuicios en muchos casos afectan al enfermo o la enferma hasta el punto que los asumen como verdaderos y pierden la confianza en su recuperación y en sus capacidades para llevar una vida normalizada. Estereotipos y prejuicios acaban por instalarse en la persona, que asume esas actitudes marginadoras y se autodiscrimina. Se generan así reacciones emocionales negativas, se pierde la sensación de dominio sobre su situación personal, incapaz de buscar trabajo o vivir de forma independiente, y es posible que ni siquiera lo intente. Ello le puede llevar a fracasar en su tratamiento, y rechazar más la enfermedad mental que los familiares o el personal de los servicios de salud mental que le atiende.

 

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La palabra “Estigma” proviene del griego y significa “atravesar, hacer un agujero”. El término fue creado para referirse a signos corporales con los que se intentaba exhibir algo malo, como a los esclavos y los ladrones a quienes se estigmatizaba con hierro candente. El término se ha empleado a lo largo de los siglos para indicar que ciertos diagnósticos despiertan prejuicios contra las personas. Por ejemplo, durante la Edad Media, un grupo discriminado fue el de quienes padecían lepra. Más recientemente, a quienes padecen cáncer o sida. La discriminación a las personas con enfermedad mental ha sido una constante a lo largo de los siglos.

 

¿Cómo puedes ayudar a reducir el estigma?

  • Empieza por ti. Las actitudes sólo cambian de persona en persona. Reducir el estigma empieza por ti: repasa tus percepciones sobre la enfermedad mental. ¿Pones etiquetas y estereotipos a personas que la padecen? Puedes comprobar si crees los falsos mitos que la mayoría de la sociedad todavía mantiene.
  • No equipares a personas con su enfermedad. Por ejemplo, una persona con esquizofrenia no es “un esquizofrénico” o “una esquizofrénica”.
  • Informa a los demás. Corrige con tacto las percepciones erróneas sobre la enfermedad mental que observes en otras personas. Comenta y critica noticias en los medios de comunicación, películas o libros que reproduzcan estereotipos y perpetúen el estigma.
  • Participa. Accede al Observatorio, haz partícipe a quienes ofrecen informaciones o comentarios inadecuados o felicita a quien ofrece una imagen objetiva de la enfermedad mental.

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Fuente original: http://www.1decada4.es/volvamosapensar/enfermedadyestigma/
Fuente imagen principal: http://alcaerlamedianoche.blogspot.com/2010/12/fobia.html
Notas complementarias:
-Cómo se crea el estigma (http://www.1decada4.es/volvamosapensar/enfermedadyestigma/como/)
-Eliminar el estigma (http://www.1decada4.es/volvamosapensar/eliminarestigma/)
-Mitos y realidades sobre las enfermedades mentales y las personas que las padecen (http://www.1decada4.es/volvamosapensar/enfermedadyestigma/mitosrealidades/realidades/)

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Ego vs. Autoestima sana

Por Eckhart Tolle

 

 

 

(Fuente: http://youtu.be/i22vb2GDW7M)

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“¿Cómo quieres contarlo?”

Por Tomás Vela

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tres situaciones. Una salida con amigos en la que uno de ellos te pide que pagues por él algo bastante costoso prometiéndote reembolsar el dinero olvidado en su auto cuando se despidan, pero finalmente se marcha sin devolvértelo. Una conversación trivial con tu pareja va subiendo de tono hasta que, sin esperarlo ni creer merecerlo, te llega directo de su boca un insulto certero y gestos muy feos desde sus dedos. Un viaje en ómnibus de larga distancia en el que por fin lograste quedarte dormido se interrumpe cuando la señora que pasaba con apuro por el pasillo rumbo al baño te golpea de lleno en tu cabeza con su brazo, y no se disculpa.

Según la interpretación que se haga de cada uno de las casos, existirán muy diversas formas de proceder. De lo que tú mismo te cuentes que ha pasado devendrá la respuesta que darás, y a partir de ésta tu aporte a la evolución del vínculo.

Normalmente sabemos que nuestras acciones tienen una relación directa sobre lo que luego nos irá sucediendo. Tal vez también sepamos que esas acciones serán consecuencia de una selección particular del aluvión de pensamientos que la precedieron, y que esta selección vendrá con una carga emocional delimitada según lo que hayamos interpretado del hecho original (el amigo que no paga, la pareja que insulta, la señora que golpea)

Pero también pasa que en ciertas situaciones donde la interpretación supone una carga emocional más pesada, nuestra capacidad de percepción se verá irremediablemente alterada, y de allí en más el resto del recorrido.

Si frente al amigo que no me devolvió el dinero me quedo callado pero furioso por haberlo entendido como una falta de su parte, seguramente la próxima vez que nos veamos (y en varios momentos previos en que recuerde el episodio) me sienta tenso y decepcionado por su comportamiento, cosa que a mi modo intentaré hacérselo notar (el repertorio del “paso de facturas” es tan variado como la capacidad de expresión de cada uno) Algo similar sucederá con los otros dos ejemplos.

Cada cual encontrará un modo de actuar que lo haga sentir mejor consigo mismo y con el otro según el desarrollo interior que haya podido (y querido) lograr. Ahora, ¿qué pasa si siente que su respuesta no fue suficiente para que el vínculo siga transcurriendo por el cauce que espera de esa relación? ¿O sí, más allá del vínculo, no se siente como quisiera?

Encuentro tres caminos para compartir que nos permiten ampliar el modo de mirar.

El primero es explicitar su inquietud con la otra parte para hacerla partícipe de la solución y ver si juntos pueden alcanzar algún resultado satisfactorio para ambos. Si no identifican o encuentran disponibles los recursos necesarios para sortear efectivamente el conflicto, y acuerdan seguir buscando una solución, el segundo camino es pedir la ayuda de terceros competentes (o sea, con los recursos necesarios) y bien dispuestos a asistirlos.

El tercer camino, que puede ser el primero o segundo, es la pregunta narrativa.

Se trata de preguntarse a uno mismo “¿Cómo Quieres Contarlo?”. ¿Qué cosa? Pues esa situación en particular por la que estás atravesando, independientemente de que la vivas con calma y marchando o muy tenso y a los tumbos. Al preguntarme “¿Cómo Quiero Contar…? tal cosa, genero un espacio de reflexión, visualización y acción que me podrá ayudar a mantenerme alineado con el modo de vida que opté para mí mismo.

 

Cómo funciona

De manera consciente o inconsciente creo que todos elegimos un tono o estilo predominante para contarnos y luego contar los cuentos de nuestra vida. Puede variar de un período a otro, o incluso durante el transcurso de un relato, pero siempre habrá al menos uno presente o predominante.

Por ejemplo. Si luego del insulto de mi pareja pienso que ella me quiso dañar y genero un clima de confrontación para defenderme o atacar, resultará improbable en ese contexto mantener un diálogo pacífico. En cambio, si pese a no entender su reacción ni aprobarla, evalúo que para no agravar la situación lo mejor será evitar responder en la misma frecuencia; seguramente ahí sí busque propiciar un clima que contribuya a darnos cierta tranquilidad.

Podré pensar entonces cómo estoy viviendo ese episodio e identificar, como si se tratara de una película, el estilo principal que busco para contarme la historia (Suspenso, Acción, Comedia o Documental, si me gusta mostrar datos para respaldar un enfoque) y evite especialmente los que no quiero (Drama, Policial, Terror)

Si el tono que siento preponderante me lleva a contarme un relato con protagonistas sufrientes, un nudo lleno de tensión y un final tan contundente como doloroso, y eso no me gusta; puedo cambiarlo. Siguiendo el ejemplo, evaluaré de qué otro modo puedo contarme lo que está pasando para sentirme con mayores posibilidades de disfrutar el relato y las acciones que se deriven del mismo. Así, me enfocaré en la participación y relación entre los personajes (entre los que estaré yo como protagonista) y concluiré algo que me brinde ciertas posibilidades de acción más acordes a lo que me gustaría para mi vida (siempre dentro de lo esperable para el estilo predominante de turno)

Con suerte, cada uno sabrá que quiere generar en su gente. La pregunta narrativa “¿Cómo Quieres Contarlo?” nos invita a tomar consciencia de que en cada relato estamos propiciando una clase de contexto determinado y que éste, a su vez, nos dará margen para ciertas acciones y excluirá muchas otras. Tomarse un minuto, dos o quince para elegir cómo vivir eso que luego se contará puede resultar un modo simple y muy poderoso de sentirse más responsable de su presente y diseñador de su futuro. Y si no, siempre podrá probar con otro cuento.

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