¿Te ayudo o acompaño?

Por Tomás Vela

keyboard and two persons on white background

Me encuentro frente a alguien que está atravesando un momento difícil, más complejo de lo que suele vivir como cotidiano, y ese alguien es una persona importante para mí. Quiero contribuir de alguna manera a que él (o ella) supere su situación conflictiva e, incluso, recupere su bienestar original: ¿lo ayudo o acompaño?

Lo primero será (aunque se trate de un caso hipotético) distinguir que al ayudar pongo al servicio del otro una serie de recursos que pueden modificar la situación en cuestión. Para transformar en acción mi deseo de ayudar el otro deberá primero aceptarla (o pedirla) y luego comprometerse con aquello que la ayuda implica según, por supuesto, la lectura que el beneficiado haga de la misma. Si como coach ofrezco ayudar o asistir (que a los fines prácticos, aquí sería lo mismo) a alguien, lo que espero de esa persona es que escuche mi propuesta, si le sirve la tome o modifiquemos juntos, y realice las acciones acordadas.

Al acompañar, en cambio, si bien puedo seguir poniendo mis recursos al servicio del otro, mi papel será más “de Guardia”, por llamarlo de alguna manera: el otro aceptará mis aportes o no, se comprometerá o no, e incluso registrará mi presencia o no según el estado en que se encuentre y las elecciones que tome respecto a mi ofrecimiento.

En la ayuda o asistencia existe cierta pendiente entre quien ofrece y a quien le es ofrecida, pues le estoy dando algo que no tiene a alguien a cambio de su aceptación al ofrecimiento y compromiso de hacer uso del mismo (cuando en la ayuda aparece la retribución económica casi seguro lo llamaré “trabajo”) Por otra parte, en el acompañamiento la pendiente se hace horizontal y la relación se hará pareja (de iguales o semejantes; pares), y será el acompañado el que determine cuál será su grado de aceptación de nuestra compañía.

Tanto en la ayuda como en el acompañamiento se establecen ciertos acuerdos, por lo que, independientemente de que te esté ayudando o acompañando, en algo me estoy comprometiendo contigo cuando lo hago (ese algo variará según la calidad del vínculo y las sucesivas actualizaciones del mismo) Yo me comprometo con él (o ella); pero él, repito, sólo se comprometerá si acepta la ayuda o asistencia (y no necesariamente con el acompañamiento)

Entonces, ¿te ayudo o te acompaño? Tal vez lo más apropiado sea preguntarle a quien queremos ayudar o acompañar de qué modo quiere que estemos con él (podría ser de ambos), respetando su decisión y sin tomarnos personalmente si opta por alguna que nosotros no hubiéramos querido que elija. Que el otro nos sepa dispuestos y que nosotros actuemos en consecuencia de lo que nos comprometimos a hacer, me resulta, a priori, el máximo premio a aspirar. Será una señal contundente de que ese que nos importa se siente querido, valorado y respetado en sintonía a como yo lo quiero, valoro y respeto.

 

 

Imagen: http://microsofthelpnow.com/wp-content/uploads/2012/11/pc_problems_need_help.jpg

 

.

 

La Vergüenza

 

 

Por Dr. Norberto Levy (extracto La Sabiduría de las Emociones)

 

Cómo se cura la vergüenza

 

Hemos observado que la vergüenza tiene muchos matices y facetas. En este capítulo nos centraremos en la resolución de la vergüenza que inhibe la acción de mostrarse y expresarse, pues es la más frecuente, la que más trastornos produce y la que más necesita ser comprendida y resuelta:

«Me da vergüenza que me saquen fotos; Me da vergüenza bailar… o cantar… o hablar en público…», etc.

 

• Es importante revisar cómo es el avergonzador interno de cada uno. El avergonzador interno es esa voz que, o bien imagina que los otros van a burlarse de nuestro deseo de mostrarnos y de los fallos en nuestra performance, o bien esa misma voz lo hace, diciéndonos, por ejemplo: «¡Cómo puede ser que hayas cometido semejante fallo (desafinado, tropezado, tartamudeado, vacilado… etc.). ¡Eres ridículo! ¡No mereces que te tengan en consideración ni te quieran…! ¡Mejor desaparece!»

 

Ese aspecto necesita aprender que si bien su función es informarnos de que nos hemos equivocado, el sentido último de esa información es ayudarnos a capacitarnos, no destruirnos.

 

El aspecto avergonzador actúa como si la vida fuera una serie ininterrumpida de escenas de examen, y ante cada situación que a uno le toca protagonizar, él funciona como un severo profesor que no enseña, que sólo toma examen y aprueba o reprueba. Reprobar significa aquí burlar, descalificar y excluir.

Lo que el avergonzador necesita incluir es el componente de aprendizaje que existe en la vida, en el que cada uno ejercita su condición de aprendiz que continuamente ensaya, explora, acierta y se equivoca. Y comprender que ese movimiento nunca cesa.

 

 

(Fuente: http://www.facebook.com/notes/autoasistencia-psicol%C3%B3gica/la-verguenza/165377353600846, extractado de La Sabiduria de las Emociones del Dr. Norberto Levy;
Fuente Imagen: http://pinterest.com/pin/153403931027701564/)

.

 

La dignidad del miedo

Por Norberto Levy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así como en el plano físico cada órgano (hígado, cerebro, riñones, corazón) cumple una función específica y necesaria, en el universo emocional cada emoción cumple también una función de igual importancia.

Existen emociones que nos informan acerca de lo que tenemos (alegría, gratitud, confianza, solidaridad, etc.) y otras que nos informan  acerca de algo que nos falta  (tristeza, miedo, envidia, culpa, etc.) A estas últimas se las suele llamar “negativas”, y no lo son. Son en realidad valiosísimas señales que nos remiten a problemas que estamos experimentando en ese momento.  Por ejemplo,  el miedo es la sensación de angustia que nos informa que hay una desproporción entre  la amenaza que enfrentamos y los recursos que tenemos para encararla. Si el peligro tiene “valor diez” y los recursos son también “valor diez” no se producirá miedo.  Si en cambio, los recursos son “valor cinco”, el miedo surgirá y será la señal que nos avisa de esa desproporción. En ese sentido podemos comparar al miedo con la luz roja del tablero del automóvil que se enciende e indica que hay poca nafta. El problema no es la luz sino lo que pone en evidencia: que falta combustible. La luz roja es una valiosísima señal que nos remite a resolver ese problema. Lo que necesitamos es aprender a tratar al miedo con la misma eficacia con que tratamos la luz del tablero, y eso es posible.

 

CREENCIAS ERRÓNEAS

Uno de los factores que perturba esa posibilidad son las creencias equivocadas que tenemos acerca del miedo. En general pensamos que es una “emoción negativa”, que es señal de debilidad y cobardía, que es mejor no escucharlo porque sino no haríamos nada, que los hombres no tienen miedo… que el problema es el miedo y que si por el camino que fuera lográramos no sentirlo, no tendríamos las angustias estériles que el miedo nos trae.

Cuando nos apoyamos en esas ideas tapamos y maltratamos al aspecto miedoso y ahí es cuando el miedo comienza a convertirse en un problema que paraliza y hace sufrir.

 

QUÉ HACEMOS CON EL MIEDO

Es bueno recordar que no sólo sentimos miedo sino que a continuación reaccionamos ante ese miedo que sentimos, y podemos sentir vergüenza, rabia, desprecio, impotencia o miedo por tener miedo. Es decir, se produce una reacción emocional en cadena, y lo interesante es que según sea esta segunda reacción será el destino del miedo original.

Si nos da miedo sentir miedo tratamos de suprimirlo porque nos parece que nos va a sobrepasar y desorganizar. Si nos da rabia nos enojamos con la parte miedosa y solemos retarla y castigarla. Si nos avergüenza, la escondemos. Y así,  cada una de estas segundas reacciones produce una actitud específica hacia el miedo original.

A la parte miedosa se le agrava entonces su condición y tiene dos amenazas: la externa (el examen, la enfermedad, el rechazo, o lo que sea el motivo del miedo) y la interna, que es la propia reacción interior.

 

LA REACCIÓN DEL MIEDO

Matías me consultó por miedo a la soledad. Le pregunté: “Si imaginaras que esa parte miedosa estuviera enfrente ¿qué le dirías? …y mirando hacia ese espacio le dijo: “¡estoy harto de ese miedo absurdo que tenés que no me deja vivir… me dan ganas de abofetearte para que despiertes…!”

Lo invité entonces a que tomara el lugar de la parte miedosa y viera cómo se sentía al escuchar eso.

Desde ahí respondió: “Ahora me siento peor y más solo que antes…”

Esta es una de las típicas reacciones interiores que agravan el miedo original. En ella se suman el enojo ignorante que cree que abofeteando a la parte miedosa la va a transformar, y la creencia, ignorante y frecuente también, de que hay miedos absurdos.

Ambas forman parte de  la evaluación que hacemos acerca de lo que sentimos, y esta evaluación es continua, seamos o no, concientes de ello. Algunas de esas reacciones nos ayudan efectivamente a cambiar y otras, como las que describimos recién, nos dejan más asustados que antes. Y esto es así no porque el evaluador sea malo sino porque es ignorante y no sabe cómo ayudar. Nosotros somos los dos, tanto el que tuvo miedo como el que lo evalúa. Somos ese equipo, y según cómo se relacionen entre sí será nuestro destino psicológico: insatisfacción crónica o crecimiento.

Y dado que es una función tan importante ¿Qué puede hacer el evaluador, por ejemplo ante el miedo, para aprovechar esa emoción en lugar de sólo padecerla?

Primero: Legitimarla y escucharla. Legitimar no es consentir. No es: “Está todo bien, y… a otra cosa”. Eso anestesia pero no ayuda. Legitimar quiere decir que se reconoce que hay un problema, pero que quien lo padece no merece reproche por eso, sino ayuda. Hay personas que dicen: “Yo no escucho a mi parte miedosa porque si la oyera nunca haría nada”. Esa actitud funciona durante un tiempo muy corto pero la parte miedosa no escuchada y maltratada sigue creciendo y en algún momento, activada por una situación tal vez menor, irrumpe de golpe con todo el miedo acumulado y se produce lo que conocemos como crisis de pánico.

Podríamos compararlo con una angina. Si la reconocemos y asistimos, llega hasta ahí y remite. Si no escuchamos ni atendemos esa señal, crecerá y se hará neumonía.

La crisis de pánico es el equivalente psicológico de esta neumonía.

Segundo: Una vez que la hemos escuchado, preguntarle: ¿Cómo necesitás que te trate y te hable para que puedas sentirte acompañada y ayudada por mí?

Es importante saber que si se le da el tiempo suficiente, esa parte miedosa lo va descubriendo, y la experiencia clínica muestra que ese trato que necesita, en la mayoría de los casos no coincide con el que recibe diariamente.

Tercero: Intentar tratarla como lo acaba de pedir. Eso se logra cuando el evaluador interior se conecta con un componente esencial de su rol, y es que su tarea consiste en evaluar para enriquecer, no para destruir a lo evaluado.

Que una parte de uno mismo le hable a otra y después esa otra le conteste, tal como ocurre entre dos personas, parece algo extraño, pero de hecho esa conversación interior existe, aunque no la percibamos con claridad.

Este ejercicio intenta amplificar esas voces y transformar su antagonismo en  cooperación.

Cuando hay cooperación interior entre el evaluador y el evaluado se va pudiendo encontrar, ante cada situación que despierta miedo, cuáles son los recursos psicológicos que faltan para poder enfrentarlo y cómo desarrollar dichos recursos. Y cuando tales recursos no se pueden desarrollar, la retirada, al ser consensuada, deja de ser conflictiva pues forma parte del derecho que me asiste de elegir las condiciones más propicias para mi desempeño. Como dice el I-Ching: Saber emprender correctamente la retirada no es signo de debilidad sino de fortaleza…

En la medida en que uno se ejercita en el despliegue de estos diálogos interiores, el miedo va recuperando su dignidad original perdida y vuelve a ser la valiosísima señal de alarma que es.

 

 

El Miedo | Autoasistencia Psicológica

 

Fuentes:
Texto y video; http://www.autoasistencia.com.ar
Imagen; http://reiki-kdr.blogspot.com/2011/10/10-aspectos-sobre-el-miedo-al-fracaso.html

.

Enfermedad mental y estigma

Por 1decada4.es y Consejería de Salud de la Junta de Andalucía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La persona con enfermedad mental debe afrontar una doble dificultad para recuperarse: la enfermedad en sí y los prejuicios y discriminaciones que recibe por padecerla. Es el estigma social, una carga de sufrimiento que incrementa innecesariamente los problemas de la enfermedad y constituye uno de los principales obstáculos para el éxito del tratamiento y de la recuperación

 

Los sentimientos de vergüenza y estigmatización que provoca esta enfermedad entre quienes la padecen y sus familiares son la causa de que actualmente muchos enfermos y enfermas no estén diagnosticados/as ni tratados/as, especialmente al comienzo del trastorno, cuando el éxito del tratamiento es mayor. Asimismo, el miedo y la aversión de la sociedad cierra muchas puertas a estas personas: sanitarias, laborales, de vivienda o de relaciones sociales.

El origen del estigma está en estereotipos y mitos injustos heredados de siglos de incomprensión hacia la enfermedad mental. El silencio que la rodea y que la ha convertido en tabú ha mantenido el estereotipo, que es una idea o imagen aceptada de común acuerdo por la sociedad y que permanece invariable. La reiteración de esos estereotipos ha creado sólidos prejuicios, que se ven reflejados en pensamientos y actitudes arbitrarias o parciales respecto de la enfermedad o las personas que la padecen, sin analizar si existe alguna razón que lo justifique.

Finalmente, el prejuicio se plasma en la discriminación, por la cual individuos o grupos de una sociedad privan a otros de sus derechos o beneficios y les dan un trato de inferioridad. En un principio, la estigmatización tendría un carácter originariamente moral, pero con serias consecuencias, ya que se identifica al grupo segregado con el estigma mismo. Al tratar a la persona con enfermedad mental, se hace exclusivamente según su enfermedad, no como una persona como otra cualquiera.

 

LAS ETIQUETAS

El estigma es la etiqueta que se pone sobre la persona y resulta muy difícil desprenderse de ella. Llega a ocultar a ese hombre o esa mujer, porque se la identifica plenamente con el hecho por el que se le etiqueta. El lenguaje da buena muestra de cómo la enfermedad mental se identifica como único rasgo de la personalidad de quienes la padecen. Si tiene esquizofrenia, pasa a ser “esquizofrénico”; si sufre depresión, es una “depresiva”. Algo que actualmente no sucede con otras enfermedades, porque a quien padece cáncer no se le llama “canceroso”.
Una vez que la sociedad subraya la diferencia resulta muy difícil para la persona ser aceptada. Además, la presión interna que sufre para asumir los estereotipos de incapacidad e inutilidad hace que los síntomas de la enfermedad sean más persistentes y creen una sensación de discapacidad.

 

EL AUTOESTIGMA

Una de las consecuencias más graves de la discriminación es la creación del autoestigma. Los prejuicios en muchos casos afectan al enfermo o la enferma hasta el punto que los asumen como verdaderos y pierden la confianza en su recuperación y en sus capacidades para llevar una vida normalizada. Estereotipos y prejuicios acaban por instalarse en la persona, que asume esas actitudes marginadoras y se autodiscrimina. Se generan así reacciones emocionales negativas, se pierde la sensación de dominio sobre su situación personal, incapaz de buscar trabajo o vivir de forma independiente, y es posible que ni siquiera lo intente. Ello le puede llevar a fracasar en su tratamiento, y rechazar más la enfermedad mental que los familiares o el personal de los servicios de salud mental que le atiende.

 

…………………………………………………………………………………………………………………………….

 

La palabra “Estigma” proviene del griego y significa “atravesar, hacer un agujero”. El término fue creado para referirse a signos corporales con los que se intentaba exhibir algo malo, como a los esclavos y los ladrones a quienes se estigmatizaba con hierro candente. El término se ha empleado a lo largo de los siglos para indicar que ciertos diagnósticos despiertan prejuicios contra las personas. Por ejemplo, durante la Edad Media, un grupo discriminado fue el de quienes padecían lepra. Más recientemente, a quienes padecen cáncer o sida. La discriminación a las personas con enfermedad mental ha sido una constante a lo largo de los siglos.

 

¿Cómo puedes ayudar a reducir el estigma?

  • Empieza por ti. Las actitudes sólo cambian de persona en persona. Reducir el estigma empieza por ti: repasa tus percepciones sobre la enfermedad mental. ¿Pones etiquetas y estereotipos a personas que la padecen? Puedes comprobar si crees los falsos mitos que la mayoría de la sociedad todavía mantiene.
  • No equipares a personas con su enfermedad. Por ejemplo, una persona con esquizofrenia no es “un esquizofrénico” o “una esquizofrénica”.
  • Informa a los demás. Corrige con tacto las percepciones erróneas sobre la enfermedad mental que observes en otras personas. Comenta y critica noticias en los medios de comunicación, películas o libros que reproduzcan estereotipos y perpetúen el estigma.
  • Participa. Accede al Observatorio, haz partícipe a quienes ofrecen informaciones o comentarios inadecuados o felicita a quien ofrece una imagen objetiva de la enfermedad mental.

………………………………………………………………………………………………………………………….

 

 

Fuente original: http://www.1decada4.es/volvamosapensar/enfermedadyestigma/
Fuente imagen principal: http://alcaerlamedianoche.blogspot.com/2010/12/fobia.html
Notas complementarias:
-Cómo se crea el estigma (http://www.1decada4.es/volvamosapensar/enfermedadyestigma/como/)
-Eliminar el estigma (http://www.1decada4.es/volvamosapensar/eliminarestigma/)
-Mitos y realidades sobre las enfermedades mentales y las personas que las padecen (http://www.1decada4.es/volvamosapensar/enfermedadyestigma/mitosrealidades/realidades/)

.

 

Qué es la Autoasistencia Psicológica

Por Dr. Norberto Levy

 

 

El autorrechazo sabio es lo que está en la base de la autorregulación biológica, también llamada homeostasis. Esta es la capacidad que tenemos los organismos vivos de albergar una memoria del estado óptimo y de arbitrar los medios para recuperarlo cada vez que lo perdemos. Por ejemplo, disminuye el oxígeno en sangre porque fue utilizado para nutrir los tejidos y el organismo rechaza esa baja de oxígeno. La clave está en que lo rechaza con sabiduría, es decir, que lo hace activando la respiración que es lo que permite incorporar el oxígeno que se perdió. Esto mismo ocurre con todos los otros componentes que se alteran y gracias a este maravilloso mecanismo es que estamos vivos.
En el plano físico la elección del mecanismo restaurador es automática. Es algo que el organismo ya ha aprendido en el curso de su evolución.
En el nivel psicológico también rechazamos los estados dolorosos o disfuncionales que nos alejan del óptimo. La diferencia es que la manera en la que los rechazamos frecuentemente no conduce a la transformación deseada. Ese es el rechazo que daña y no transforma. En este plano necesitamos hacer un aprendizaje para convertir el rechazo que lesiona y no transforma en un rechazo que transforma sin dañar. Eso es posible y cuando lo logramos, extendemos al ámbito psicológico lo que el organismo ya aprendió en el nivel físico.
A esta capacidad la he denominado capacidad autoasistencial.


El rechazo y el deseo

Yo rechazo algo porque deseo que sea distinto, es decir, rechazo y deseo son las dos caras de la misma moneda.
Cada vez que deseo algo está implícito que rechazo todo aquello que no sea eso y cada vez que rechazo algo está implícito que deseo otra cosa.
De modo que deseo y rechazo son los nombres que destacan las dos facetas de la misma energía.
Si la nombráramos completamente diríamos: deseo-rechazo, pero habitualmente nombramos una sola faceta y la otra queda implícita. Generalmente nombramos la faceta que más queremos destacar. Y así hablamos en términos de “quiero tal cosa” o “rechazo tal cosa” pero es bueno recordar que siempre que nombramos una, la otra está implícita.


El rechazo y la aceptación

Hasta ahora en psicología hemos intentado resolver los problemas que el rechazar produce procurando alentar y activar la aceptación.
Lo que presentamos aquí es un camino diferente: Es establecer una distinción dentro del rechazo mismo y observar que existe un rechazo destructivo y un rechazo asistencial. A partir de esta distinción ya no es necesario resolver los problemas que el rechazo produce dejando de rechazar si no más bien aprendiendo a rechazar.
Esta nueva actitud resuelve las múltiples dificultades que presenta el intentar pasar del rechazo a la aceptación. La brecha entre ambas es muy grande y muchas veces la propuesta de ese tránsito se ha convertido en una mera expresión de deseos que termina generando un problema más. Si por ejemplo rechazo a mi parte envidiosa y se me dice: “ Aceptá que tenés envidia… ”, eso tal vez lo pueda hacer intelectualmente pero no de un modo integral. En mi experiencia he observado que resulta mucho más fértil el poder aprender a rechazar a mi parte envidiosa de un modo eficaz.
Cuando he aprendido a rechazar de un modo asistencial, la aceptación viene sola, sin necesidad de que la llamen, como un elemento más del proceso de acompañamiento y transformación.


Síntesis de la propuesta

La Autoasistencia Psicológica es un modelo teórico y clínico que propone la exploración sistemática y detallada de la relación rechazador-rechazado interior. Además describe las razones por las cuales el rechazo es estéril y propone los pasos vivenciales que es necesario recorrer para transformarlo en rechazo asistencial.


Cómo se hace

La pregunta que surge frente a esta descripción es: ¿Cómo se detecta la relación rechazador-rechazado interior?
Para mostrarlo utilizaremos un ejemplo: Paula me consultó porque se sentía muy temerosa y quería sentirse más segura. Le pregunté: si imaginaras que esa Paula temerosa estuviera enfrente tuyo: ¿qué le dirías? y ella respondió: ¡la sacudiría para que se despabile…! Luego la invité a que tomara el lugar adonde ubicó a la parte temerosa y que viera cómo se sentía al escuchar eso. Desde allí respondió: Ahora me siento más insegura que antes, me dan ganas de hacerme un bollito y desaparecer.
Y así quedaron claramente identificados los tres protagonistas interiores del conflicto:

  • El estado rechazado, en este caso el temeroso.
  • El estado deseado, en este caso el seguro.
  • El rechazador del aspecto temeroso y deseador del estado de seguridad, que actúa de cierta manera sobre el temeroso para transformarlo en seguro.

Los posibles contenidos del estado rechazado son múltiples: Puede ser un aspecto infantil, celoso, resentido, dependiente, triste, etc. En suma, cualquier parte de uno mismo que uno rechace.
Lo mismo ocurre con los contenidos del estado deseado: Puede ser: seguro, decidido, claro, alegre, maduro, etc.
Al rechazador-deseador lo he denominado “cambiador” porque contiene ambas funciones: rechazar algo y desear cambiarlo. A los efectos prácticos los utilizaré indistintamente, como sinónimos.
La incógnita fundamental es conocer qué hace el cambiador para transformar al aspecto rechazado en el aspecto deseado.
En este caso: sacudirlo.
Esa es la actitud inadecuada que empeora al temeroso, que produce sufrimiento y que es necesario transformar.
Sacudirlo no es la única actitud inadecuada del cambiador. Existen algo más de diez actitudes generalizadas erróneas en la manera de intentar producir una transformación en lo rechazado, cada una con un sistema específico de interacciones.
Desde esta perspectiva la tarea consiste entonces en transformar al cambiador que daña y no transforma en un cambiador que transforma sin dañar.
El nuevo interrogante que surge ante esta propuesta es: ¿Cómo se lleva a cabo?
El modo más eficaz que he encontrado para transformar dichas actitudes inadecuadas del cambiador y que he explorado en los últimos 30 años, es a través de la consulta al aspecto rechazado acerca de qué trato necesitaría recibir del cambiador en lugar de ese que recibe, y una vez que lo descubrió, proponerle al consultante que se convierta en ese cambiador requerido que le brinda al aspecto rechazado lo que él dijo que necesita. Cuando eso ha ocurrido se promueve un diálogo entre ambos.
Cada persona necesita un tiempo distinto para lograrlo y la tarea recién culmina cuando la vivencia de la relación interior entre el asistente y el asistido se ha alcanzado.
Este proceso es sencillo de describir en palabras y parece que por tan obvio es irrelevante pero se requiere una cuidadosa y delicada artesanía técnica para facilitarle al consultante el ingresar y vivir cada uno de estos roles. Sólo cuando se encarna a cada uno de estos personajes y se vive en plenitud cada momento: ser el que siente el miedo, luego ser quien quiere sacudir, y así con el resto de los personajes, es que se puede acceder a la potencia plena de esta experiencia y su aprendizaje.
Las vicisitudes de este proceso las describo en detalle en El Asistente Interior. Aquí presento una versión muy resumida de su esquema básico para hacer inteligible la secuencia.
Otro componente significativo de esta tarea es que el aprendizaje que el rechazador realiza en su diálogo con lo rechazado (en este ejemplo una parte miedosa) trasciende a ese aspecto particular y se va extendiendo a otros aspectos propios que también pueda rechazar. Es decir, el rechazo asistencial se va convirtiendo en una matriz básica que impregna al resto de las relaciones interiores. En la medida que esa calidad de rechazo se consolida, se extiende también a las personas del mundo externo. De modo que si tengo conflictos con mis padres o mi pareja o mis hermanos, etc. no es imprescindible que entre en los detalles particulares de cada vínculo para resolver los conflictos que allí experimento. Los conflictos en esas relaciones se van resolviendo también en la medida en que la matriz básica rechazador-rechazado deja de ser destructiva y se convierte en asistencial.
Cuando esto ocurre, el sufrimiento auto creado disminuye hasta su cesación, tanto en la relación consigo mismo como con los demás.
Esta tarea puede realizarse sin conocer los datos históricos detallados del consultante: Cómo fue su relación con sus padres, cómo fue su infancia, la relación con sus hermanos, etc.
Todo el pasado está presente en la relación rechazador-rechazado interior tal como se presenta en el ahora y los componentes conflictivos del pasado se resuelven en el presente de esa relación.


Contexto histórico

Fritz Perls, creador de la Psicoterapia Gestáltica , ya había llamado la atención sobre la importancia de la autorregulación organísmica como factor substancial en la recuperación de la salud, concepto que fue compartido por todas las psicologías humanistas, al punto tal que esta noción se convirtió en uno de sus rasgos distintivos.
Lo que hace la Autoasistencia Psicológica es profundizar en este concepto, es decir, penetrar en la trama íntima de las relaciones entre los protagonistas de la autorregulación, identificar al autorrechazo como una fuerza fundamental de la misma y centrar su investigación en él, con todo el universo nuevo que se abre al ingresar en ese espacio.
Por todo lo expuesto queda claro que la Autoasistencia se inscribe dentro de las psicologías humanistas, y en la medida en que explora también la dimensión trascendente de la experiencia humana comparte las inquietudes específicas de la Psicología Transpersonal.


Autoasistencia y Nanopsicología

El término “nano” se utiliza como prefijo para nombrar el campo de una actividad cuando opera con tamaños inferiores a la millonésima parte de un milímetro, es decir en escala atómica. Con el progreso tecnológico han ido surgiendo las nanociencias, las nanocomputadoras, etc.
Es evidente que hay un claro avance hacia lo más pequeño y su presencia es cada vez mayor en la industria y en cibernética. La manifestación más conspicua de este movimiento en medicina es la exploración génica. ¿Y qué es un gen? El programa de instrucciones que regula el funcionamiento de cada órgano.
Es interesante observar que en un espacio muy pequeño se encuentra el conjunto de instrucciones que posibilita el funcionamiento de vastos sistemas.
Su valor clínico es enorme pues en una enfermedad podemos ingresar en el gen y, corrigiéndolo, lograremos reparar desde su raíz misma a la enfermedad en cuestión. Este es un salto formidable en el modo de actuar sobre aquello que se desea conocer y transformar.
En ese sentido la Autoasistencia Psicológica , que propone la exploración y resolución sistemática de la relación rechazador-rechazado interior, es también una Nanopsicología.
Este término aún no existe y lo estoy acuñando como una metáfora dado que, como todos sabemos, en psicología no son relevantes las variables de longitud como el micrón o el nanómetro.
Lo que procuro destacar con este término son las enormes posibilidades que se abren en el trabajo psicológico explorando las matrices que se hallan en el universo de lo muy pequeño.
En la relación rechazador-rechazado interior están, efectivamente, las matrices básicas, “los genes”, tanto de la producción como de la resolución de los conflictos en cada uno de nosotros.
Considero que es muy auspicioso para el campo psicológico comprobar que es posible, a partir de la transformación de ese foco “nanométrico” del conflicto, reparar el universo “macro” de las relaciones personales.

 

Fuente: http://www.autoasistencia.com.ar/autoasistencia/autoasistencia.html
.

Creencias y opiniones

Por David Bohm (extracto)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Cuando nos enfadamos, solemos tener una razón o motivo para hacerlo y decimos que estamos enojados por esto o por aquello. Pero, en realidad, el enfado se alimenta del rechazo y de la rabia hasta que llega un momento en el que ya no precisa de ningún motivo y se alimenta de sí mismo. Es como si la energía del rechazo estuviera, en cierto modo, encerrada, esperando la ocasión de descargarse. Y lo mismo podríamos decir con respecto al pánico, porque uno suele ser consciente del motivo de su miedo pero, en el momento en que cae presa del pánico, éste parece cobrar vida propia. Pero, en realidad, el tipo de energía implicado en este caso es el mismo del que hablábamos cuando nos referíamos a la creatividad y que calificábamos como energía sin motivo.

Hay una gran carga de violencia oculta en las opiniones que defendemos. No se trata de meras opiniones o de simples creencias, sino que son creencias con las que nos identificamos y que, en consecuencia, defendemos con uñas y dientes como si nos fuera la vida en ello. El impulso natural de autoconservación que adquirimos en la selva ha terminado interiorizándose e involucrando a nuestras opiniones. Es como si dijéramos que existen ciertas opiniones exteriores que son tan peligrosas como los tigres y que hay ciertas especies interiores que deben ser protegidas a toda costa. De este modo, es como si los instintos, que tenían un sentido material en la selva, hubieran terminado transfiriéndose a las opiniones de nuestra vida moderna. Y esto es algo de lo que el diálogo puede hacernos colectivamente conscientes.

“La actitud defensiva que nos lleva a aferrarnos a nuestras creencias y decir «yo tengo razón», limita nuestra inteligencia porque el ejercicio de la inteligencia consiste precisamente en no defender ningún tipo de creencia. No hay motivo para aferrarse a una creencia si tenemos alguna prueba de que está equivocada. La mejor actitud frente a una creencia o una opinión consiste en abrirnos a la evidencia de su posible falsedad.”

(Extracto del libro Sobre el diálogo, de David Bohm. Páginas 65-66)

.-

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: